Rozmital

Xosé Ameixeiras
Xosé Ameixeiras ARA SOLIS

OPINIÓN

03 ene 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

Corría el año 1467 cuando el barón checo Leo von Rozmital llegaba al confín del continente, el último paso de Europa, Fisterra. Dos años antes había emprendido un viaje por varios países con el fin de buscar apoyos para su pariente el rey de Bohemia que las estaba teniendo tiesas con el papa. Y llegaba a una Galicia con el ambiente revuelto, en plena euforia de los irmandiños, que se habían liado la manta a la cabeza y la habían emprendido contra los nobles y arrasaban sus castillos. El bueno de Rozmital, que venía acompañado de un séquito de 40 personas y 52 caballos, llegó a sufrir ciertas privaciones en su peregrinación a Santiago, teniendo que guarecerse en algún momento debajo de árboles y comer de lo que iban consiguiendo por el camino. Su aventura es narrada en un libro de lectura obligada durante decenios en las escuelas checas.

Ahora son nuestros jóvenes los que peregrinan a Praga para estudiar con las paupérrimas becas del Erasmus porque su universidad es buena, comen mal pero barato y pueden asistir a infinidad de actos culturales por cuatro euros.

Antes de que Rozmital llegara a Fisterra, «el fin del mundo más apartado», pasó por Muxía, donde «las rocas saltan del mar». Si volviese en nuestros días, hallaría el santuario de A Barca humeante porque un rayo se llevó por delante gran parte del patrimonio material e inmaterial que durante la historia movió a miles y miles de ciudadanos europeos a viajar hasta este recóndito lugar, en el que antes de orar a la Virxe da Barca ya adoraban a otros dioses. Es un símbolo forjado por todos los gallegos durante siglos, y como tal debería ser tratado.