Muchísimas felicidades al Partido Popular: comenzó el año 2014 en medio de aromas de éxito. Si el eslogan de su presidente Rajoy es el de «2014, año de la recuperación», el primer paso ya lo ha dado: en las primeras encuestas de intención de voto el PP aparece formalmente recuperado y se vuelve a situar a considerable distancia del PSOE. Esta recuperación es especialmente milagrosa si se piensa que ningún ministro obtiene el aprobado y que no llega al 10 el porcentaje de consultados satisfechos con la obra de gobierno. Debe ser que los demás partidos están peor o inspiran menos confianza. Parece que el ciudadano está expresando sus simpatías al menos malo, pero lo que importa es el resultado: aunque sea por eliminación, el PP empieza a cosechar los frutos de sus políticas. Como la prima de riesgo consiga bajar de los 200 puntos y haya algún resultado económico que los ciudadanos perciban en sus vidas, tenemos PP para mucho tiempo. Ya no necesita ni rebajar los impuestos.
Pero hay algo que debiera limitar esta felicidad del partido gobernante o que debiera, al menos, provocar su inquietud: su evolución en Cataluña y el País Vasco, las dos comunidades autónomas donde la integridad territorial está planteada con toda su crudeza. En ninguna de las dos consigue conectar con la sociedad de forma mayoritaria. Al revés: sondeo tras sondeo sigue perdiendo intención de voto. En Cataluña, una encuesta del CEO, el Centro de Estudios de Opinión de la Generalitat, llegó a situarlo en el límite del porcentaje que decide si es extraparlamentario. Y no debiera ser ningún consuelo acudir a la comparación y alegar que al PSC y al PSE les ocurre lo mismo o quizá algo peor: ambos partidos socialistas están pasando de ser alternativa de gobierno a ser fuerzas políticas perfectamente prescindibles.
Y digo que no debiera ser ningún consuelo porque, si el PP tiende a desaparecer en esas comunidades, lo que desaparece no es un partido concreto, sino la propia idea de España. Y algo más: un partido que gobierna la nación española pierde legitimidad si apenas tiene presencia en dos territorios tan significados y delicados. Y algo más todavía: si a los socialistas les ocurre lo mismo, el problema se multiplica por dos. Eso es lo inquietante de la situación actual. Que la Administración central del Estado sea dirigida por el PSOE o el PP es un asunto menor. La alternancia entre ambos es la normalidad democrática. Que ambos sean compañeros de caída en las dos regiones del desafecto es una tragedia. Es dejar a España sin defensa frente al avance de los respectivos nacionalismos. Y es la cara más visible del destino que más podemos temer: la hegemonía de los partidarios de la escisión.