L o diré de entrada, para fijar posición desde el principio: de todos los mensajes navideños del rey Juan Carlos, el último ha sido el mejor, el más completo, el que mejor define el pensamiento de la Corona. Podrá gustar más o menos, porque nadie satisface a todo el mundo, y menos en política, y mucho menos cuando todo está cuestionado y en revisión. Pero ha sido un discurso de jefe de Estado; el discurso de un jefe de Estado que marca criterio en un momento dramático de la economía, de descrédito de las instituciones, de peligros para la unidad nacional, de desaliento popular y de miradas críticas a la propia institución monárquica. Alguien dijo que por todas estas circunstancias era el mensaje más difícil de su majestad. Es gratificante leer las primeras reacciones y encontrar que, por lo menos, no ha defraudado. Es mucho en las actuales circunstancias de España.
En el mensaje hubo un fondo que no llegó a sonar como sugerencia de reforma constitucional, pero sí como propuesta de revisión de políticas y actitudes. De políticas, para actualizar los «acuerdos de convivencia», frase pensada para Cataluña con dos destinatarios: los políticos catalanes, para decirles que él promueve «una España abierta en la que cabemos todos», y a los gobernantes estatales, para indicarles que el inmovilismo no es la solución. Y en las actitudes, otros dos destinatarios: los gestores de las instituciones y el mismo monarca, comprometido a cumplir la exigencia de «ejemplaridad y transparencia».
Francamente, entiendo que no podíamos esperar nada mejor en un mensaje real, tan sometido a limitaciones constitucionales. Ahora hace falta lo de siempre: que alguien lo escuche y obedezca; que alguien se dé por aludido en su diagnóstico y por interpelado en sus mandatos; y que el Gobierno del Estado haga suyo el modelo de nación que el rey esbozó: el mismo que tenemos, pero abierto al cambio, al pacto, al diálogo y a la satisfacción de unas exigencias de la sociedad que son económicas, sin duda, pero también de funcionamiento de la democracia.
¿Y saben lo que resultó más sugestivo para este cronista? Que el mensaje contiene un aliento de refundación del sistema, con el método que este rey alentaba cuando ponía en pie el nuevo Estado y abría el proceso constituyente: «Ceder cuando es preciso, comprender las razones del otro y hacer del diálogo lo prioritario». Es como si tratara de recuperar el espíritu de la transición que hizo posible la democracia. Es como si el rey que entonces inspiró a Suárez recogiese ahora el testigo de Suárez. La palabra nueva que la Corona asume y lanza al ruedo nacional es regeneración. Está escrita y dicha. El rey propone la regeneración de la democracia.