Si no fuera porque estamos ya curados de espantos, la situación en la que España cierra este 2013 sería como para hacer las maletas y largarse de aquí sin pensar siquiera en el destino. Da igual. A cualquier otro sitio en el que se pueda respirar. Y no hablamos solo de motivos económicos, que también, sino de un clima de putrefacción política e institucional que alienta una sensación de fin de ciclo, de viaje fracasado y sin retorno. Momentos difíciles en España hemos vivido muchos en democracia. Pero nunca como hasta ahora se han dado las circunstancias para que a esa situación aparentemente desesperada se sume una deprimente falta de perspectivas de solución futura. Hemos tenido de lo uno y de lo otro, pero jamás han convivido al tiempo en estos treinta y cinco años un Gobierno incapaz como el que tenemos ahora con una oposición inane como la que nos ha tocado en suerte, unos sindicatos sumidos en el desprestigio, un poder económico avaro que restringe el crédito cuando más se necesita y unas instituciones postradas ante la autoridad política.
Ni siquiera Dickens habría sido capaz de escribir un cuento de Navidad tan triste como el de esta España que, además de celebrar hoy la Nochebuena en la indigencia política y económica, lo hace sin ninguna esperanza de que el misántropo Scrooge acabe encontrándose con el fantasma de la Navidad. El cuadro de un país en el que la policía registra la sede del partido que ocupa el Gobierno en busca de facturas falsas el mismo día en el que las fuerzas de seguridad rastrean la sede andaluza del mayor sindicato del país en busca de lo mismo debería bastar para remover conciencias y hacer que todos empecemos a decir basta. Pero si a ello se suma la imagen de un líder de la oposición más centrado en su propia e imposible supervivencia política que en colaborar en la solución de los problemas de España y la indigesta lectura diaria de los correos electrónicos del que fue uno de los mayores banqueros del país, en los que se refleja la degradación moral que se vivió en una caja de ahorros que hemos tenido que rescatar luego con 23.000 millones de euros sacados del bolsillo de todos los ciudadanos, la estampa empieza a ser insoportable.
El retrato de un país en el que ni siquiera cabe confiar en que la Justicia ponga freno a los desmanes políticos, porque los partidos se han repartido el poder judicial como aquellos romanos se jugaban a los dados los harapos de Cristo crucificado, hace más incomprensible la falta de respuesta ciudadana en la calle, esa que el Gobierno se apresta a acallar de manera preventiva amenazando con multar al disidente y chorrear al que proteste.
En esas circunstancias, uno llega a compadecerse de un jefe del Estado obligado a comparecer esta noche en las pantallas de toda España para, además de lidiar con lo suyo como pueda, lanzar un mensaje de optimismo a la nación. Misión imposible.