La Iglesia católica es una privilegiada al ahorrarle al Estado más de 4.000 millones de euros cada año en educación (el cálculo se realiza a partir de los datos del Ministerio de Educación: cuánto cuesta un alumno en un colegio público y cuánto dinero paga el Estado por alumno en un colegio concertado). Lo es también por tener sus geriátricos a reventar, porque las familias no pueden pagar los precios de los privados y las plazas públicas son las que son y las ayudas de la dependencia no llegan. Y qué decir de los miles de personas atendidas en sus albergues de transeúntes o por las diferentes Cáritas parroquiales: ellas son el verdadero rostro de esta larga crisis (aunque quien salga en los telediarios sea el señor De Guindos). No hay que olvidarse de los numerosos proyectos de cooperación al desarrollo financiados por Manos Unidas, Entreculturas o Cáritas España, ahora que la ayuda oficial al desarrollo ha bajado a cifras ridículas. No solo el millón de voluntarios que hacen posible esa ingente labor, todo el conjunto de los más de 11 millones de católicos que cada domingo acudimos a misa en España nos sentimos unos auténticos privilegiados por poder ayudar a construir una sociedad más justa y fraterna. Lo llevamos en nuestro ADN religioso: cada vez que ayudamos a alguien, es una oportunidad para honrar al Dios en el que creemos. ¡Feliz Navidad!