Nadie discute el éxito electoral de AGE, que en solo unos meses supo capitalizar dos potentes imanes que la crisis había descubierto: la desafección -coyuntural, pero efectiva- de la política y de los partidos sistémicos, y el fuerte liderazgo social de Xosé Manuel Beiras, que, de forma incomprensible y temeraria, había sido arrumbado como un chinero viejo. Y esa breve e inteligente combinación de factores y oportunidades, bien adobada con saltos mediáticos soberbiamente calculados, le dio a AGE -suma de Anova y EU- los nueve hermosos diputados que la convirtieron en la tercera fuerza del Parlamento, en el referente político de todos los indignados y escépticos, en la prueba de idoneidad de la estrategia nacionalista, y en la íntima seguridad que tienen muchas personas de que el extraño episodio electoral del 2012 no es más que el anuncio profético de venturas infinitas.
Claro que hoy, a solo un año de aquella gloria, pocos dudan también de que AGE está atravesando una crisis de supervivencia, de que Beiras ya no controla la errática evolución de la coalición, y de que el PP empieza a estar encantado de que la tripartición de la oposición le asegure mil primaveras máis para las ideas de derechas y mil inviernos más para la lingua galega y para esas cosas que no se pueden comer pero que tanto le gustaban a Cunqueiro y a cuatro poetas como él. Y por eso -porque estamos ante una crisis del modelo de representación política de Galicia, que afectará a todos los partidos y a todos los ciudadanos- conviene preguntarse qué pasa en AGE, antes de que sea tarde para reorientar -o no- proyectos y trayectorias.
Y lo que ensombrece el futuro de AGE no es más que la condición absolutamente personalista de Anova, la identificación inevitable que todos hacemos de AGE y Beiras, y la total falta de voluntad para convertir aquel volcán electoral en una fuerza política organizada, con una estructura territorial y jurídica bien definida, y con un modelo organizativo visible y operativo. Porque sin eso -es decir, sin partido- la lucha política, que es inevitable y dinamizadora, se convierte en puros líos de familia; y, lejos de prevalecer el debate de ideas, objetivos y estrategias, aparecen las camarillas que enseñorean el caos, y que usan la devoción al líder para suplantar su persona con mandos de tercer nivel fofos e interpuestos.
Es cierto que AGE tiene otros problemas más visibles, entre los que destaca el mal uso que están haciendo de la estrategia parlamentaria. Pero el problema básico es la carencia de estructuras organizativas de corte sistémico. Porque mientras AGE sea un movimiento, y no un partido, todo debate deviene en caótico y personalista, y todo su horizonte político coincide a pies juntillas con la proyección personal que se haga de Beiras y de su poder omnipresente.