No soy aficionado al fútbol, pero sí a la democracia. Es decir, a un bendito invento -uno de los más portentosos de la modernidad- que permite solucionar los conflictos sin andar a golpes (esos a los que Beiras parece haberles cogido el gusto) y que posibilita poner fuera de sus poltronas a quienes no se las merecen. No es casual que algunos politólogos hayan definido la democracia insistiendo justamente en su dimensión de control popular de los que mandan: la democracia sería así el sistema que permite sustituir a los gobernantes sin recurrir a la violencia.
El caso de Augusto Cesar Lendoiro, que considera a la democracia sencillamente cosa de mangantes y una molestia del todo prescindible, constituye, más allá de la esfera deportiva, un vivo ejemplo de un tipo de sujetos que proliferan en las diferentes esferas de la vida nacional (la política, la económica, la social, la cultural y, cómo no, la deportiva), contra los que ni siquiera la democracia puede a veces.
La junta del Deportivo acaba de rechazar por amplia mayoría las cuentas, la gestión y el presupuesto de un dirigente deportivo que tiene en su haber un balance portentoso: haber arruinado con una mano, hasta extremos sencillamente inimaginables, el club que presidía mientras con la otra se llenaba literalmente los bolsillos y se hacía un capitalito que para sí quisieran millones de gallegos que han dedicado toda su vida a trabajar honradamente. No es un caso excepcional: en el mundo económico y, aunque en menor medida, en el político, el sindical o el cultural, pueden encontrarse muchos casos de individuos que hunden el barco mientras se llevan el botín que se esconde bajo la cubierta del navío.
Lo curioso de Lendoiro, lo que en su caso llama la atención, es que ni sus inenarrables hazañas económicas, ni sus presuntas ilegalidades, denunciadas reiteradamente por quienes luchan para liberar al Deportivo de un individuo que es hoy un elemento de desprestigio para todo lo que toca, hayan llamado, en la forma que se merecen, la atención de jueces y fiscales, siempre tan atentos a imputar a los políticos en cuanto consideran que hay el más mínimo motivo para ello.
¿Por qué no se le aplica a Lendoiro la ley con el mismo rigor que a los dirigentes de los partidos o de los sindicatos? ¿Nadie en la Fiscalía o en el Poder Judicial está abochornado por el hecho de que uno de los personajes más funestos de la vida pública gallega puede seguir pasándose las normas por el arco del triunfo mientras hace con el poder del que dispone lo que le da gana, sin atender ni a votaciones, ni al respeto a la ley a los que todos estamos obligados?
Mientras esas preguntas no tengan repuesta Lendoiro seguirá siendo lo es que ya desde hace mucho tiempo: una trágica metáfora de la más absoluta impunidad.