Hiperestesia. Una habitación forrada de corcho. De brillar en los salones con discreción a iluminar los recuerdos de una vida en el encierro de los cuadernos. La muerte acecha, más de tres mil páginas en busca del tiempo perdido. Una transfusión de palabras y de música. Un monumento. Literatura. Los siete tomos con los que Marcel Proust resumió con una superioridad aún hoy insultante su vida y la vida de los que le rodearon cumplen cien años desde que se editaron. El baile de máscaras de las relaciones. Los corazones como artefactos explosivos e implosivos. Recrearse en el recreo de la infancia. El banquete de los celos. Todos los amores son crueles. Del esplendor al desastre. Scott Fitzgerald, la versión en burbuja, en espumoso, del francés: toda vida es la crónica de un derrumbe. Proust, mucho más sinfónico, pleno, poderoso, arrebatador, pausado, a veces corre. Otra se frena. Tal y como todos hacemos con los días y con las noches. El tiempo que se fue recobrado sobre el papel. Ese es el secreto de ese muchacho que sabía que la guarida de la verdad no existe. Hay verdades. Todos capaces de lo mejor y lo peor. Las circunstancias. Los azares o la falta de voluntad. Él, una facilidad abrumadora para jugar a las carambolas con las palabras. De retratar y de retratarse. Nunca de retractarse.