La fragilidad de la memoria


Yo no sé si a ustedes les pasa, pero hay momentos en la vida en los que parece que uno solo aprende lecciones que no quiere saber. Momentos en los que, como diría el maestro, más que la cornada, lo que duele es no entender al toro. Momentos en los que cobran más sentido que nunca las palabras de Pessoa: «¿Eras feliz? Ahora empiezo a serlo entonces».

Cuando se sientan así, les invito a visitar www.loquedeverdadimporta.org. Pasen y vean.

Conozcan el alma generosa de Irene Villa, y su madre, María Jesús: «Nosotras hemos perdonado, pero la Justicia no debe hacerlo, porque la Justicia está para hacer justicia». Ahí queda eso.

La paz que transmite Bernard Offen, superviviente del Holocausto: «Valoremos al ser humano para evitar que se repita la historia».

La educación en el esfuerzo que predica Toni Nadal, dando la vuelta a lo que él llama «la exigencia exterior, que es esa por la que exiges a los demás lo que no te exiges a ti mismo».

El increíble positivismo de mi querido Jaume Sanllorente: «Que nadie os diga que no podéis cambiar el mundo, porque el mundo sois vosotros».

La valentía de William Rodríguez, el barrendero de las Torres Gemelas, que el 11-S salvó a miles de personas de una muerte segura, porque «la compasión humana es más poderosa que la violencia», demostrando que desde cualquier «posición» se puede hacer algo por los demás.

Y qué decir de mis Marías. María Belón, superviviente al tsunami que arrasó Tailandia en el 2004 (a la que dio vida Naomi Watts en Lo imposible) y su épica lección: «La vida va a buscarte allí donde te escondas, porque al fin y al cabo todos somos supervivientes de un tsunami». Y mi otra María, María de Villota, mi ángel tuerto, que murió en pleno empeño de ser la mejor versión de sí misma.

Son ejemplos de personas que han descubierto lo que de verdad importa. Pero lo más importante es que no lo han olvidado.

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La fragilidad de la memoria