Nada desconcierta más al ciudadano que sufre al gestor público que esa unidad de medida de la incompetencia del político, presente desde Triacastela hasta Covelo y de las Antillas holandesas a la República Checa, oficialmente denominada.... chorrada. Un gobernante acierta o se equivoca, administra con justicia o roba como un bellaco, pero cuando porfía en practicar el innoble arte de la majadería desactiva en el respetable el principio de confianza. El alcalde de Vigo ha encomendado a una patrulla de la policía que custodie media docena de cajas de cartón vacías envueltas en papel de regalo, lo que emparenta a Caballero con el guionista de Aterriza como puedas y lo sitúa en la lista de posibles fichajes para una segunda entrega de Amanece que no es poco, en donde podría hacer de sí mismo, al lado, por decir algo, del cabo Gutiérrez, cuyo hijo estaba aquejado de una extraña forma de sonambulismo. Imagino a esos policías, curtidos en mil peripecias, plantados en la calle del Príncipe, acariciando la culata de sus pistolas, alerta por si se producen movimientos extraños en torno a las cajas de cartón. Visualizo a los viandantes, agradecidos por tamaña manifestación de arrojo y valentía profesional. Y observo al regidor, sentado en su despacho, satisfecho por haber dirigido semejante misión, destinada sin duda a aliviar la presión colectiva en estos tiempos turbulentos. Puede que también imagine a preferentistas, funcionarios, parados y víctimas en general de la crisis, estupefactos al comprobar en qué tipo de sandeces se emplean los recursos públicos, esos que, ya saben, son escasos y deben ser repartidos con inteligencia y ecuanimidad.