Uno de los puntos cruciales para comprender el deterioro institucional, económico y social que padece esta esquina periférica de Europa llamada España hay que buscarlo en el errático comportamiento de la clase política y en la desquiciante pachorra de una sociedad civil que, creyendo que las conquistas realizadas desde 1978 eran ya indestructibles, no ha sabido defender con uñas y dientes una serie de derechos hoy alegremente arrojados a los pies de los caballos. Porque desde hace dos lustros asistimos perplejos a la reinvención de la política nacional, convertida en un juego de intereses y componendas controlado al milímetro por los aparatos de los partidos y a muchos años luz de las penurias diarias de los ciudadanos. Así se entiende una práctica que, vista con cierta perspectiva, dejaría definitivamente fuera de juego al extraterrestre Gurb: en este país los políticos no solo no solucionan los problemas reales de sus habitantes, sino que, aplicando un curioso concepto de I+D+i, se inventan problemas artificiales que, precisamente por su inexistencia en el plano real, carecen de una solución tangible. Acorralada entre la feroz fobia neocón a todo lo que huela a azufre nacionalista y el mesianismo delirante de Artur Mas, Cataluña es la nueva víctima de esta inteligencia artificial.