Como todos estos días, vi ayer en La Voz con mucho interés las noticias sobre la muerte de Mandela, referidas al acto que se prepara en Johannesburgo, para dar allí, en presencia de altos representantes de más de cien países extranjeros, el último adiós a uno de los grandes luchadores por la libertad del siglo XX.
Yo leía tan tranquilo, cuando la lectura se me atragantó, como si se me hubiera metido una espina en la garganta, aunque la espina me cruzó en realidad el corazón. Y es que entre los seis oradores invitados a homenajear a Mandela en nombre del planeta figuraban -figuraron ayer- el presidente cubano, Raúl Castro, y el vicepresidente chino, Li Yuanchao.
Es decir, y para entendernos, la cuestión es que junto a demócratas que ocupan sus cargos por elección, como Barack Obama -el primer presidente negro de Estados Unidos, que, por serlo, se ha convertido ya en un icono de la lucha por la igualdad racial-, y Dilma Rousseff -la primera mujer presidenta de Brasil, que lidera, como antes Lula, una lucha contra la pobreza en su país verdaderamente memorable-, tomaron ayer la palabra en el estadio Soccer City los dirigentes de dos de las dictaduras más brutales que aún perviven en el mundo.
Raúl Castro es un dictador que ocupa el cargo por designación directa de su hermano, quien controló el poder durante décadas por la fuerza y el terror en un país empobrecido hasta extremos de delirio que, por negar, negaba a los pobres cubanos el derecho elemental de huir del infierno en que la satrapía de los Castro convirtió la por tantos motivos maravillosa isla de Cuba. Otro que tal baila, Li Yuanchao representa a una dictadura sanguinaria, que ha cometido a lo largo de su historia atrocidades sin cuento, como la de aquella llamada Revolución Cultural, que consistió en la realidad en sacarse de delante a todo el que discrepase de los métodos brutales de Mao Tse-tung, el gran timonel de un desastre político, económico y social que costó la vida a millones de personas.
Resulta así, que la realpolitik esta del carajo -que ha servido a los presidentes de la Xunta para cursar visita, como si nada, a los dirigentes de la dictadura caribeña- es la que explica que para homenajear a un hombre cuya leyenda se forjó en los 27 años que estuvo encerrado en una celda por motivos políticos, se haya elegido, además de a otras personas respetables, a los representantes de dos dictaduras que mantienen a cientos o miles de personas en sus cárceles por hacer en Cuba o China lo mismo que Mandela hizo en Sudáfrica: luchar contra regímenes políticos injustos.
Aunque cabe la posibilidad, claro está, de que yo esté equivocado, y que lo que pase en realidad es que hay dictaduras buenas (las de los Castro o Li Yuanchao) y malas (las de Videla, Franco o Pinochet). Sí, quizás sea eso.