N o hace tantos años muchos creían que el mar era la letrina universal. Podía tragarlo todo: la barra libre del crudo derramado, los residuos atómicos y hasta la bolsa de plástico del súper. Avispados gestores de uno y otro bando probaron luego a aplicar esta tesis al océano del presupuesto público. También lo engullía todo: contratos a dedo, oposiciones a medida, facturas falsas, aeropuertos peatonales y mariscadas y copichuelas a cuenta de la Visa oficial. Pero de pronto, en pleno jolgorio, alguien apagó el karaoke y encendió las luces. El contribuyente se quedó mirando atónito cómo sus euros se esfumaban por el desagüe. Los Golfos Apandadores habían tirado la casa por la ventana y luego, con mucho salero, incluso la propia ventana. Ni siquiera la fosa de las Marianas, pensó el paganini, tiene tantas tragaderas.