Es de buen gusto hablar bien de los mercados, esos seres casi míticos gobernados por alambicadas leyes que solo los premios Nobel, que por otra parte fueron incapaces de prever y analizar la crisis financiera global, son capaces de descrifrar gracias a sus esotéricos formalismos matemáticos. Quien no entiende los mercados es que no entiende nada, y además parece tonto, pues la clave de la economía no es el derecho de propiedad, como lo ha sido siempre aunque ahora se llame seguridad jurídica, sino el conocimiento. Vivimos en el mundo de la economía del conocimiento en el que sobrevive el que innova tecnológicamente, en el que el dinero es la exclusiva sangre que bombea el corazón del mundo, y en el que el consumo, el empleo y otras cosas ordinarias, que cada vez más se denominan economía real, parecen perder importancia frente al mundo de la inteligencia, o quizás pillería, financiera, de la compra informatizada de acciones en tiempo real en el mercado global, y del arte del saqueo de los fondos públicos, por parte de todo tipo de empresarios.
No comprender el papel providencial de los mercados es cosa ya de cavernícolas, ya que incluso la China comunista los eleva a los altares en la ciudad prohibida de Pekín, aunando la libertad comercial con la prohibición de sindicatos, partidos políticos, los campos de reeducación, la censura de los medios de comunicación y el control absoluto de la educación y la opinión públicas; razones todas ellas que explican la fascinación que este antiguo imperio ejerce sobre empresarios y políticos neoliberales, que ven así confirmada su teoría de que la libre circulación del capital es la única garantía de todas las libertades. Quizás por todo esto los científicos y profesores de todo tipo que han de demostrar en cada momento que están al día y que se atribuyen el cultivo de la inteligencia en sus más altos grados, han dedicido dar también culto al panteón de los dioses mercantiles. Pueden hacerlo defendiendo que los niños aprendan a montar empresas en el patio del colegio, que inviertan su paga en internet comprando acciones, aunque sea en el Monopoly, a la vez que se sumergen en el proceloso mundo de las TIC, en el que de todo encuentran y que desgraciadamente también les puede dar soberanos disgustos. Pero también pueden hacerlo de muchas otras maneras. Saben los ingenieros y científicos experimentales que no hay tecnología sin ciencia, ni ciencia sin tecnología. Pero también se dan cuenta de que sus conocimientos solo valen si se venden, y que no se venden si no hay quien los compre, y que para comprarlos hace falta dinero, que se convertirá en dinero si se consigue fabricar y luego vender algo con todo esto a quien puede consumirlo gracias a que gana un salario digno. Esto no tiene discusión. Por eso muchos científicos quieren ser tecnológos y si los ingenieros son además ingeniosos pondrán su empeño en emprender para ser es también empresarios. Pero ¿y los humanistas, historiadores, filólogos, arqueólogos, filósofos? ¿También querrían poner su empeño en emprender? Pues sí y por ello alaban cada vez más a los mercados, de los que no tienen ni el más mínimo conocimiento, la innovación tecnólogica, en lo que son legos por su oficio, y el libre mercado, al que confunden con la captación de fondos públicos a toda costa.
Historiadores, escritores, filósofos y artistas han generado grandes riquezas en el mercado gracias a sus obras creativas. En la historia de la edición tenemos a David Hume, un filósofo del siglo XVIII que se hizo millonario vendiendo una Historia de Inglaterra; a Friederich Schiller, antiguo militar, poeta y dramaturgo que vendió 100.000 ejempares de su Historia de la Guerra de los Cien años en la Alemania de fines de ese mismo siglo, sin ser profesor ni funcionario; o a Jules Michelet, un profesor expulsado de su cátedra que vendía en el mismo mes de su publicación los innumerables tomos de su Historia de Francia y escribió docenas de libros, a la vez populares y de gran calidad. Lo mismo podríamos decir en España de Modesto Lafuente, autor de una Historia de España de la que consiguió vivir no siendo profesor, y a ello podríamos añadir los ejemplos de B. Vicetto o M. Murguía en Galicia. Los creadores del pensamiento y la cultura, cuando conectan con sus países y sus conciudadanos bien formados, entran en el mundo de los mercados editoriales, artísticos y de todo tipo: pensemos en la popularidad de Verdi, Mozart, Beethoven?
Las humanidades y ciencias sociales forman parte además de la educación ciudadana, y son la base sobre la que un ciudadano podrá construir en su vida adulta una opinión crítica de su mundo. Esa es su función, y por eso cada vez se las quiere reducir más e infectar con la cháchara de los mercados inaplicable a su caso. En esa labor están siendo cómplices necesarios los profesores de humanidades y los teóricos de la educación, que cuentan con las autoridades políticas como ejecutores de sus designios. Avergonzados de sí mismos, acomplejados por su supuesta inutilidad, pero deseosos de prosperar a toda costa, muchos profesores de estos campos, incapaces de crear nada original que vender en el mundo real, cantan cada día desde sus puestos públicos el panegírico de los mercados, que confunden con el arte de manosear currículums, cubrir papeles y emprender el acaparamiento de la mayor cantidad posibe de dinero público, aunque eso sí, compitiendo con sus semejantes en su mundo imaginario.