Prestidigitadores

Adina Dumitru AL DÍA

OPINIÓN

16 nov 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

La palabra prestige proviene del latín prestigiae, que significa, literalmente, «los trucos del mago». Trucos fueron aquellas artimañas llevadas a cabo por los prestidigitadores de la compañía propietaria del petrolero, la armadora o las agencias clasificadoras que daban el visto bueno al barco deficiente. Trucos han sido aquellos actos de comunicación del desastre que transformaron las manchas negras en hilillos de plastilina. Los desastres permanecen en la memoria colectiva como acontecimientos históricos relevantes, extendiéndose como manchas negras sobre la construcción de nuestra identidad. El hundimiento del Exxon Valdez era considerado, años después, por los estadounidenses como el tercer acontecimiento histórico más importante del siglo. El tratamiento de las consecuencias de estos desastres hacen la diferencia entre la reparación que contribuye a una cultura política basada en la percepción de legitimidad de nuestras instituciones políticas y una cultura donde el sentimiento de la perversión de la representación y la justicia se insinúa lentamente.

Pocos recordarán que el hundimiento del Exxon Valdez ocasionó la creación de los bonos de incumplimiento crediticio, un producto financiero que los expertos consideran clave en la generación de la actual crisis económica. Trucos, en este caso de una entidad financiera que necesitaba asegurar una línea de crédito para Exxon que cubriese los daños que el vertido había ocasionado. Convenciendo al Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo a comprar parte del crédito troceado y a asumir el riesgo a cambio de cuantiosos beneficios, se inventaron los derivados que han originado una crisis sistémica, donde, como en el caso del Prestige, se abre una brecha entre los ciudadanos valientes, realistas y solidarios, y las entidades financieras y organismos reguladores cubriéndose las espaldas.

En la ausencia de responsabilidades por el Prestige podemos vislumbrar las consecuencias de una cultura política donde cubrirse las espaldas es la norma, a través de la falta de legislación firme que imponga el pago de daños a los que los ocasionan, o la socialización de las pérdidas en un sistema que ha apostado por mecanismos complejos de difusión de la responsabilidad entre los poderes económicos y políticos, troceando el impago entre los ciudadanos, esta vez sin beneficio alguno para ellos. Verdaderos trucos de mago a los que asistimos boquiabiertos, a sabiendas de que se trata de un truco pero sin conseguir identificarlo y clamarlo a gritos, mientras los culpables se esfuman.