Manolo es un hombre de su tiempo. Piensa lo que hace. Tiene conciencia. No está de acuerdo con el Gobierno, así que hay algunas cosas que no declara. No está dispuesto a pagar la deuda de los bancos con sus impuestos, faltaría más. Y tiene a los catalanes en el punto de mira. ¡Qué se han creído! Así que nada de cava, champán. En ese boicot pueden contar con él. Cuando va al supermercado mira la procedencia de los productos y escoge, siempre que puede, los de su país. Pero Manolo, alguna vez, se va al club. En ese preciso momento se le duerme la conciencia. Ningún resorte intelectual le hace reflexionar en por qué esa mujer que desea aceptará unos cuantos euros por acostarse con él. No piensa en las mafias que la engañaron; en el proxeneta que la explota y que tal vez guarda bajo llave su pasaporte para que no pueda escapar; en los golpes que tal vez sufre cuando no obedece las inhumanas órdenes que recibe. Nada le lleva a deducir que está deseando y consumiendo el producto más triste del mundo, el más inhumano. Él llega, paga, vacía y se va. Entonces se le desbloquea la conciencia, pasa por el súper y compra un paquete de café de comercio justo.