Siempre me pregunto como médico cómo encajó en su vida Aznar el atentado de ETA del que salió milagrosamente ileso. Evidentemente cambió su vida. Al Aznar que yo conocí en Euskadi, sus compañeros le tenían miedo y solía quedarse frecuentemente ensimismado. Nunca fue un hombre simpático ni próximo, todos sus movimientos estaban calculados, como si de un miembro del Olimpo se tratara, con sus cuadernos azules o sus dicterios, predestinado, convencido del papel que debía jugar sobre los humanos, como si alguien lo hubiera ungido para primer protagonista de su tiempo en España.
Mis conversaciones con Mayor Oreja me permitieron saber que en la casa de Aznar se reunían para celebrar diferentes efemérides. Lo organizaba Ana Botella. Y los llamados sabían al menos dos cosas: eran de confianza y con futuro -todos fueron ministros- y, al igual que con Fraga, resultaba inconveniente llevarle la contraria. Mayor Oreja supo que iba a ser ministro del Interior por dos razones: por ser vasco y porque ninguno de los demás (Rato, Rajoy, Cascos y Trillo) querían.
Leo sus declaraciones, siempre calculadas en tiempo y mensaje, y siento temor. En cualquier momento se reserva el derecho a la llamada divina para intervenir. Tanto es así, que soy un republicano con miedo. Temo que el personaje, por azares del destino, quiera ser presidente de la Tercera República para salvar a España y lo logre.
Curioso sentido de la ética. Según el patricio, lo que recibían no eran sobresueldos. Eran dos o más sueldos que estaban justificados. Y es que la curia siempre debe diferenciarse de la plebe. A esta última se le aplican incompatibilidades, recortes y sacrificios. A los elegidos, siempre les queda ese gran sentido histórico que le niega a la izquierda.
Los amigos-invitados a la boda eran amigos de otros que pasaban por allí. Lo mismo que sigue convencido de sus razones para engañar al país con la autoría del 11-M. Lo mismo que volvería a repetir la foto de las Azores, con tal de sentirse uno de los tres líderes más influyentes del mundo occidental. Por eso siempre en los postres de aquellos almuerzos, los pelotas de turno le pedían que contara sus entrevistas con G.?B. en las que ponían los pies sobre la mesa al más puro estilo cowboy.
No solo nos vigilan los servicios secretos. Lo hace Aznar para mejor proveer.