Entre los sonidos del pasado, el timbre ocupa un lugar destacado. Aquella sacudida sonora que marcaba el the end de la clase y pronosticaba uno de esos paréntesis de libertad que se paladean a gusto porque se saben efímeros. El campanazo provocaba en los estudiantes más activos una reacción física, una especie de latigazo corpóreo que catapultaba a los chavales a varios metros de distancia sin tracción mecánica alguna, solo con el impulso de las ganas, que ya se sabe que tienen un octanaje brutal. Los maestros solían luchar sin éxito contra aquella reacción pauloviana desatada por el avisador; todavía no estábamos en condiciones de valorar el aprendizaje como un capital, y las horas de estudio se asociaban con una tortura que imponía el sistema y que amordazaba cualquier atisbo de agitación libertaria que identificábamos, claro, con el desfogue físico. El jueves-antes-del-puente vimos a los señores diputados protagonizar una estampida parecida a la de los cativos ante la indicación redentora del timbre. Vimos a Posada con más apuros que un maestro para encastrar una clase de excitados cachorros humanos y a nosotros, los ciudadanos, ojipláticos ante una estampida tan pueril como desesperada. Los diputados se han defendido con un consenso inédito e interideológico, un consenso imposible en los grandes asuntos y espontáneo cuando la casta que a veces son siente que toquetean sus privilegios. De IU, al PSOE, del PP a UPyD, hemos leído a congresistas ofendidos por la lógica chufla colectiva que ha desatado ver a nuestros representantes correr hacia la puerta de salida como si bajo el escaño estuviera Jack Torrance castañeteando los dientes y blandiendo un cuchillo jamonero. La política, señores, también es cuestión de estética.