Dejen en paz a las víctimas

Gonzalo Bareño Canosa
Gonzalo Bareño A CONTRACORRIENTE

OPINIÓN

29 oct 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Lo que se lleva ahora es decir que son todos unos fachas. Que ni siquiera les importan sus muertos, porque lo único que pretenden en realidad es que vuelva Franco. Son todos de ultraderecha. Fanáticos. Y ya está. Como si ETA hubiera preguntado alguna vez a sus víctimas por su filiación política antes de hacerlas estallar con una bomba en unos grandes almacenes o en un cuartel de la Guardia Civil. Yo hasta puedo llegar a comprender que haya quienes, incapaces de soportar su mirada triste y su letanía de lamentos, estén hartos de las víctimas, de su molesta presencia, recordándonos siempre el horror que hemos vivido, ahora que lo que queremos todos es convertir el País Vasco en una Arcadia feliz en la que nunca pasó nada y en la que, además, se come estupendamente. Pero lo que ya me resulta absolutamente incomprensible es que entre todo ese coro de gallitos que se regodean hoy menospreciando a las víctimas, ridiculizándolas, pidiéndolas que se callen de una vez y negándoles siquiera el derecho a protestar, no haya uno de ellos con suficiente decencia como para dirigirse a la vez y en el mismo tono a los etarras diciéndoles que todos ellos, los que están en la cárcel, los que salen ahora de ella y los que nunca entraron ni entrarán ya en prisión, son lo peor y lo más abyecto que han dado nunca España y el País Vasco. Personas con crímenes horrendos a sus espaldas, pero a las que, por lo visto, es ya de mal gusto y poco democrático señalar, porque no debemos ser rencorosos.

Durante años, dijimos que este espanto acabaría algún día. Y que cuando eso ocurriera, las víctimas recibirían al menos el homenaje que se les debe por haber puesto los muertos. Pero, llegada la hora, son solo un estorbo del que no sabemos cómo librarnos. Y la mejor forma de no cumplir el compromiso asumido es convertirlas en nuestros enemigos, en exaltados que ponen palos en las ruedas del tren hacia la paz. Personas que, asustadas, no levantaron jamás la voz para enfrentarse a ETA cuando la banda llenaba de plomo las calles de Madrid, del País Vasco, de Cataluña y de España entera, reparten hoy absoluciones y perdones como si fueran ellos, y no las víctimas, quienes han sufrido la barbarie.

Es posible que estén equivocadas. O que las cieguen las lágrimas. No hay por qué compartir sus exigencias ni sus durísimas críticas. Pero los que les niegan incluso el derecho a reclamar que los asesinos de los suyos paguen lo más duramente posible por lo que hicieron deberían meditar qué harían ellos si alguien les arrancara para siempre a sus hijos de las manos. Es increíble que no diferenciemos entre las verdaderas víctimas y quienes se aprovechan de ellas para sembrar odio o para medrar políticamente. A cada uno, lo suyo. Pero las víctimas no merecen que, además de escuchar las risotadas de sus verdugos, las castiguemos con nuestro desprecio. No les hagan caso si no quieren, o si no procede. Pero dejen en paz a las víctimas.