La desafección

Carlos G. Reigosa
Carlos G. Reigosa QUERIDO MUNDO

OPINIÓN

Está de moda hablar de la desafección social, ciudadana, democrática, catalana, etcétera, como si esta palabra tuviese la polisémica virtud de explicarlo todo e iluminar el entorno. Pero no es así. Lo que, por desgracia, se está produciendo es una supervaloración del desafecto, que aparece como el tipo listo de la situación, que sabe -permítaseme citar a Bob Dylan-- que «la respuesta, amigo mío, está flotando en el viento». Esto es de verdad lo que sabe, pero ignora lo que significa. Porque antepone su desafección como la cualidad identificadora de una actitud visionaria sobre el futuro.

La verdad es que existe desafección, entre otras cosas por moda. Y se ha puesto de moda porque cotiza al alza el escepticismo sobre la forma de comportarse como ciudadanos y ejercer la representación democrática. Esto no quiere decir que los desafectos sean contrarios a la democracia, solo sucede que le exigen más por el mismo precio. Y más modernidad también, porque el avance tecnológico -sobre todo en el ámbito de la información- así lo demanda. El mundo digital ha venido para quedarse y, de paso, para cambiar muchas cosas, también en la esfera de la representatividad democrática. Pero esto no avala la desafección, sino la necesidad de cambios, que se irán produciendo de un modo que también desconcertará al desafecto.

Porque todos seremos parte de ese cambio social y no siempre lo entenderemos. La actitud más cabal sería aspirar a una progresiva mejora de nuestra democracia. Porque la alternativa a lo que hoy nos sucede no es el retorno a las cavernas, sino la conquista de nuevos espacios de entendimiento, de desarrollo y de libertad. La actitud altiva y achulada del desafecto tiene poco porvenir, y si lo tiene, no será para bien. El futuro que nos conviene está en la comprensión del cambio y en su orientación hacia el bien común. Las viejas ideologías, que creen tener la clave de todo, están cada vez más desarmadas ante lo que viene. Un poco de humildad y de estudio les vendría muy bien, en vez de seguir soltando soflamas decimonónicas que solo embaucan a despistados. La democracia que viene no es la de los desafectos, sino la de los afectos. Paradójicamente.