Fue uno de los episodios más lamentables de la pasada legislatura. Mientras España era zarandeada como un pelele por los mercados, el que era en aquel momento responsable de Economía del PP, Cristóbal Montoro, aseguró que los cinco millones de parados estaban «al alcance de la mano». La frase, y la expresión satisfecha con la que la pronunció el entonces diputado de la oposición y hoy ministro de Hacienda, dejaban claro que los populares contemplaban la posibilidad de que se llegara a esa cifra fatídica no como una desgracia para España, sino como una oportunidad política para desgastar al Gobierno socialista. En lugar de conmoverlo o de sumirlo en la depresión, la sola posibilidad de que se llegase a los cinco millones de desempleados hacía salivar a Montoro como lo hacía el perro de Pavlov cuando le tocaban la campana. Aquel desatino provocó entonces gran indignación en el Gobierno socialista, que acusó a Montoro de aprovechar el drama del desempleo para ganar votos y hundir todavía más la economía española con sus augurios catastrofistas.
Pasó el tiempo, se alcanzaron efectivamente los cinco millones de parados, cayó el Gobierno socialista, y el agorero Montoro se convirtió en ministro de Hacienda del Gobierno del PP. Y España alcanzó no ya cinco, sino seis millones de desempleados. Lo más lamentable de esta historia es que ni Montoro, ni quienes padecieron su despiadada estrategia de desgaste, ni nadie, han aprendido nada de ella. Resulta que los mismos que hace años parecían confabulados para desguazar la economía española se ponen hoy de acuerdo en cantar las aleluyas de su recuperación. Aquellas siniestras firmas de inversión que daban a nuestra deuda el valor de la basura y recomendaban huir de ella como de la peste, animan hoy a invertir en nuestro país al ridículo grito de «viva España». Y la Bolsa española, que entonces caía a plomo, es hoy un festival alcista. Algo que, en palabras de Botín, supone que a España «llega dinero desde todas partes», aunque a los seis millones de parados no les consuele lo más mínimo, porque a los mortales no nos cae por el momento ni una mísera migaja de ese maná.
Nadie duda de que a España le aguardan todavía muchas fatigas, pero todos parecen convencidos de que empieza a salir de la crisis. ¿Todos? No. La oposición española en pleno, y también los sindicatos, se resisten a admitir semejante hipótesis. Cualquier declaración optimista o cualquier indicador positivo son saludados con gesto hosco y displicente. Todo dato que apunte a la recuperación es considerado pasajero y coyuntural, porque para derribar al Gobierno algunos lo fían todo a que el paro vaya a más y a que la economía española siga paralizada. Si a Montoro la proximidad de los cinco millones de parados le removía los jugos gástricos, hay a quien dejar atrás la ignominia de los seis millones de desempleados le produce pavor político.