Maravilloso ejercicio de funambulismo el que nos acaba de brindar la Academia Sueca a la hora de conceder el Nobel de Economía. Habitualmente troceaba el galardón entre líneas de investigación o bien distintas o bien complementarias. En el 2001, por ejemplo, premiaba a Stiglitz, Akerlof y Spence por sus novedosos trabajos sobre la información asimétrica. Ahora riza el rizo y premia una cosa y la contraria. Coloca en el mismo saco al gato y al ratón. Pone una vela al dios Fama y otra al diablo Shiller. En cuanto al tercer galardonado, Lars Peter Hansen, no sé dónde encaja porque no conozco su obra: tal vez le hayan asignado el purgatorio, a medio camino entre el paraíso y el infierno.
Eugene F. Fama defiende la eficiencia de los mercados y la racionalidad de los agentes que compran y venden. El precio de un activo -una acción o una casa- refleja en cada momento toda la información disponible y, por tanto, es correcto: refleja su valor fundamental. Absténganse los codiciosos sabiondillos: ningún inversor espabilado puede batir al mercado. Warren Buffet arrasó en la bolsa por pura suerte, no porque fuera capaz de predecir la evolución de los precios. En este esquema teórico apenas tiene cabida la especulación. Ni el comportamiento irracional. Las burbujas no existen: «Ni siquiera sé lo que significa una burbuja», declaró Fama recientemente.
Todo ese andamiaje teórico se vino abajo con la crisis financiera y la recesión subsiguiente. Las burbujas no existen, pero haber haylas. Las hipótesis en boga sobre las expectativas racionales, los mercados eficientes y la racionalidad de los inversores hicieron agua. Fama intentó responder a la bofetada propinada por la realidad invirtiendo los términos: los mercados financieros eran una víctima de la recesión, no una causa. Esa visión ha perdido adeptos, pero sigue manteniendo gran predicamento en las facultades y escuelas de negocios.
La posición de Robert J. Shiller se mueve en las antípodas: los mercados son imperfectos y no siempre eficientes. Hay fallos de mercado e información asimétrica que distorsiona la fijación de los precios. Los impulsos irracionales -los animal spirits keynesianos- desempeñan un papel económico relevante. Las personas no siempre consumen, ahorran o invierten por motivos económicos. También existen la economía de casino, los comportamientos de rebaño y las olas recurrentes de euforia y de pánico. En consecuencia, ya lo decía lord Keynes, exitoso especulador bursátil, «los mercados pueden permanecer equivocados por mucho más tiempo del que los inversores pueden permanecer solventes».
¿Puras disquisiciones teóricas? Ni mucho menos. Puesto que los gobernantes siempre son esclavos de algún economista, muerto o vivo, las ideas de este las padecemos o las disfrutamos todos. Pero al comité del Nobel le da igual: nos invita a una degustación de setas sin aclarar cuál es la comestible y cuál la venenosa. Elija usted.