Ceremonia de linchamiento


Me disculparán si aprovecho que es sábado para evadirme del compromiso del análisis político. Mejor dicho: pido permiso para hablar de «otra política»: la de cómo los nuevos medios de comunicación pueden tratar de destruir a una persona sin ninguna razón aparente, o por la sencilla razón aparente de que ese juego se ha puesto de moda. Lo vemos casi todos los días en personajes a los que una mano oculta señala como víctimas y las sube al patíbulo sin piedad. Hay casos de jueces, de ministros, de políticos de todos los niveles y de protagonistas de la vida social. Creo que el ejemplo más notorio, repetido y hasta tópico, es el de la periodista Mariló Montero.

No hay una semana en que alguien no descubra en Mariló algún gazapo al parecer estratosférico. A continuación lo pone en las redes sociales. El paso siguiente es que lo recoge algún diario digital o la edición digital de un diario clásico, con el soberano argumento de que el gazapo ha conseguido ser trending topic, que es el máximo éxito de audiencia en las redes. El acompañamiento literario de lo publicado es: «Mariló Montero revoluciona las redes sociales». Ese es el impacto. Lo de menos es que lo atribuido a Mariló sea verdad, mentira, manipulado o sacado del contexto.

Este cronista pasa dos horas todos los días, de lunes a viernes, al lado de Mariló en su programa La mañana de la 1. Como es la conductora y moderadora del espacio, tengo la obligación profesional (aparte de la satisfacción personal) de no perderme ni una palabra de lo que dice. Admiro su capacidad de soportar la tensión de un programa de cuatro horas en directo. Dicho en confianza: sin tiempo para orinar, porque TVE no tiene cortes de publicidad. Naturalmente, hay expresiones suyas que me entusiasman y expresiones que yo nunca diría. Pero créanme que cuando las redes difunden algunas de sus barbaridades, yo no las reconozco en su boca. Y si hoy escribo esto en el diario líder de Galicia, es porque acabo de leer en la edición electrónica de Abc que Mariló dijo: «La ciudad de Santiago tiene que asumir con cierta vergüenza que uno de sus vecinos es un asesino».

Por supuesto que nunca dijo eso. Ni nada aproximado que se pudiera entender así. Como tampoco defendió el toro de la Vega. Y porque en una semana, en veinte horas en directo, lo más normal del mundo es que cualquier comunicador se equivoque en algo. Yo comparezco a defender la enorme profesionalidad de esta mujer, por lo demás demostrada durante años. Comparezco a denunciar esta ceremonia de linchamiento profesional. Y reclamo para ella lo que se reclama para cualquier personaje público: toda la crítica necesaria, con toda la dureza precisa, pero desde el respeto a la verdad.

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