Cristóbal Montoro parecía un tipo simpático y sensato cuando fue ministro de Aznar, y sobre todo mientras fue un activo diputado de la oposición. Ocurrente, educado, dialogante. No desentonaba. Si por algo lo hacía era por un timbre de voz algo atiplado, una característica, sin embargo, que no ha de ser tenida en cuenta a la hora de juzgar su valía política.
Pero en este Gobierno en el que el registro de marca impuesto por su jefe es el silencio, Montoro está destacando por su locuacidad. Y vistos los resultados, mejor sería que guardase la ortodoxia de la cofradía de los caladiños gobernantes. Su última perla, además de una falta a la verdad, es una ofensa para muchos ciudadanos. Los ingresos de decenas de miles de españoles no solo han caído, sino que en los últimos tiempos han tendido a cero. Cada vez son más los parados que agotan las prestaciones y se quedan a dos velas. Además, muchos trabajadores que tienen la fortuna de conservar el empleo han asumido sacrificios enormes en forma de drásticos recortes en sus nóminas. Si el ministro cree de verdad que los salarios de los españoles están aumentando, mejor será que le ceda a otra persona el manejo de la Hacienda.
Montoro, el encargado de recaudar nuestros impuestos, es el mismo que hace unos meses se atrevió a decir en el Parlamento que los astilleros de la ría de Ferrol tienen una ocupación «realmente alta». Tanto que la plantilla de Navantia -pendiente de la firma de contratos que no acaban de llegar desde hace seis años- volvió ayer a la calle. Otros ochocientos empleos -y sus salarios- están en el alero. Que alguien se lo cuente a Montoro.