Hay tres cambios en el motor de la vida. Un amigo me lo decía en la juventud. El primer cambio es cuando dejas de estudiar y te pones a trabajar. Se acabó esa cierta bonanza académica de ser un poco dueño de los tiempos. Empiezan las obligaciones a golpe de nómina. La libertad que ganas con el dinero, la pierdes con los horarios y los compromisos. El segundo cambio, o salto, llega con la vida en pareja. Cuando se da ese paso, las decisiones ya deben ser compartidas. El ocio es un ocio de dos o cuando menos pactado. Se suman ventajas e inconvenientes en el apasionante camino de la vida. Pero mi amigo siempre decía, y con razón, que el tercer cambio es mucho más espectacular. La tercera marcha es cuando se tienen hijos. Entonces nada vuelve a ser lo mismo. El tiempo adquiere otras dimensiones. Todo tiene otras implicaciones, por la responsabilidad y el cariño, inmensos. Todo duele de otra manera. Y es verdad que es complicado entenderlo completamente si no has sido padre. Hasta te abre los ojos y comprendes al fin cuánto te dieron los tuyos y cuánto les costó. Pero a estos tres grandes cambios hay que sumarles algo que es la base de todo: la salud. Si no te encuentras bien, la perspectiva es muy diferente. Las personas que conviven con enfermedades están hechas de una madera especial. El tesoro auténtico es la salud. No hay otra fortuna.