Nacionalismos, o cuando la liebre se echa al monte


De manejo aún muy frecuente, la idea despectiva del «café para todos» fue, en esencia, una invención con la que el nacionalismo vasco y catalán pretendió desprestigiar el hecho de que todas las regiones españolas aspirasen en su día a lo que CiU y el PNV creían que solo tenían derecho el País Vasco y Cataluña: una autonomía de verdad.

Ahora, cuando el Estado autonómico está en su punto más bajo de prestigio desde que comenzara en 1979 su andadura, es fácil tratar de argumentar que más nos hubiera valido hacerle caso a los nacionalistas y respetar lo que ellos por unas razones (su obsesión con la singularidad) y UCD por otras muy distintas (el temor a que la generalización autonómica acabase por desmandarse y resultar incontrolable) llegaron a acordar: otorgar una autonomía de verdad al País Vasco y Cataluña, una muy degradada a Galicia (la del célebre Estatuto do aldraxe) y una descentralización administrativa más o menos amplia a todos los restantes territorios.

Discutir a estas alturas si hubiera sido mejor esa solución, que privilegiaba a los nacionalistas catalanes y vascos al favorecer, sin razones objetivas, a sus respectivos territorios, solo puede ya conducir a la melancolía. Pues, aun admitiendo la supuesta bondad de ese modelo territorial heterogéneo y asimétrico -lo que es altamente discutible y yo personalmente no comparto-, lo cierto es que resultó, de hecho, imposible de implantar. Ni Galicia admitió su Estatuto rebajado ni las demás regiones la pretensión de preterirlas para que CiU y el PNV se mostrasen más felices. Por eso, el Estado de las Autonomías que hoy tenemos fue el fruto de lo que quisieron los españoles, por más que muchos renieguen hoy de él.

Una vez establecido tal Estado, nacionalistas catalanes y vascos comenzaron una enloquecida carrera de la liebre y la tortuga, por virtud de la cual cada vez que las comunidades no nacionalistas (todas las demás) se acercaban a las suyas, trataban de dar un salto sustantivo para ser diferentes y gozar de más poder. El punto de culminación de esa huida hacia adelante fue en el País Vasco el Plan Ibarretxe (de infausta memoria) y es en Cataluña la no menos infausta exigencia de secesión que hoy enarbolan Convergencia y ERC.

¿Hubieran sido las cosas diferentes si los restantes españoles no tuviéramos autonomía regional? Yo no lo creo. Muy por el contrario, lo que hubiera ocurrido es que la gran ventaja de la generalización autonómica (la superación de muchas de las desigualdades de renta y de riqueza entre los territorios españoles) no se hubiera producido, pero ello no hubiera impedido a la liebre vasca echarse al monte, como ya lo hizo hace unos años, y a la liebre catalana hacer lo mismo en la actualidad. Pues echarse al monte está, como sabe todo el mundo, en la naturaleza de las liebres.

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