No toquen las teclas. No tecleen en Google. No caigan en la tentación. Disfruten de la memoria de toda la vida. De esa memoria fragmentaria y hermosa en la que pescamos, un poco a ciegas, las cosas que hemos visto y vivido. Un poco como se cazan también a veces los goles en un rebumbio. Recuperemos así lo recién. Y lo recién (o ya no tan recién) en el fútbol español es un Valencia y un Sevilla grandes, casi enormes. Que competían con el Madrid y con el Barcelona. Que les metían miedo. Que les ganaban, a veces. Un Valencia y un Sevilla campeones. Hace unas semanas vi un Valencia-Sevilla y el marcador fue lo de menos. Fue un partido más con sus fogonazos. Pero no un Valencia-Sevilla de aquellos que nos abrían la boca, y no con bostezos. Estaban Banega y Gameiro, pero no es lo mismo que cuando levantaban trofeos, tanto valencianos como sevillanos. ¿Dónde está el Valencia de Benítez, el de Raineri y el de Héctor Cúper, el de Claudio López, el de Ayala y el de Villa? ¿Dónde el Sevilla de Juande Ramos y de Kanouté y de Navas? ¿Dónde? Por este camino, la Liga se convierte en un camino pisoteado donde las jornadas se suceden sin emociones para Madrid y Barça. Una quiniela con el encefalograma plano de un portaviones.