Un capo político en el banquillo

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

03 oct 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

El capo ante el juez. Al fin, el capo ante el juez. Así se pueden resumir algunas de las reacciones publicadas al ver a don Carlos Fabra sentado en el banquillo. No tengo el gusto de conocer a este señor. Todas mis referencias son periodísticas. Pero su aspecto físico no le ayuda a transmitir una imagen de simpatía. Su afán de grandeza quedó descrito para la historia cuando llevó a su nieto a ver «el aeropuerto del abuelo», que ahora mismo es el símbolo del derroche de dudosa responsabilidad. Su facilidad para convertir el plomo en oro fue tan proverbial que atraía incluso la lotería. Y su biografía judicial es la de un hombre dedicado a burlar a la Justicia, hasta el punto de que nueve jueces y varios fiscales han tropezado con él, y todos terminaron derrotados.

Esta larga escapada terminó. Don Carlos Fabra ya se sentó en el banquillo y se enfrenta a una petición de trece años de cárcel por diversos presuntos delitos de corrupción. Será inocente hasta que haya sentencia, pero, como tantos procesados en este país, ya ha sido juzgado por la opinión pública y no observo ningún indicio de indulgencia. Gozó de la confianza de su partido porque le daba votos y le garantizaba el control de una provincia. Sin embargo, para el común de los ciudadanos que han seguido sus aventuras económico-políticas, es un hombre que ejerció el poder con malas artes y utilizó sus influencias, las que se derivaban de su cargo, para el enriquecimiento personal.

A efectos sociales, no se puede decir que se empieza a juzgar solamente a una persona. Se juzga una época y una forma de hacer política en el ámbito local. Situado entre las figuras del pícaro que engaña a Hacienda, el corrupto que presuntamente comete cohecho y el cacique que ejerce el tráfico de influencias como si se tratara de una obra de caridad, Carlos Fabra es el último ejemplo de esos dirigentes que administraban las instituciones como parcelas privadas y cobraban los favores e intermediaciones que hacían. De ese retrato sale un personaje de dudosa catadura y que provoca serio rechazo, increíblemente no demostrado en las urnas.

¿Acabará con él este juicio? ¿Veremos una sentencia que haga irrepetibles esos comportamientos? Desde luego, ahora es más posible. Hasta ayer recusó a tantos jueces que nos hizo dudar de la veracidad de los casos que le imputaban. Recibió tantos elogios de dirigentes del PP que nos hizo creer que los medios informativos estaban equivocados. Y resistió tan bien los asaltos de la Justicia que nos parecía imposible tanta habilidad para escaparse. Ahora es el momento de la ley. Si después de diez años de agitada instrucción el señor Fabra es declarado inocente, me temo que ya nadie confiará en la lucha contra la corrupción.