Donde Cristóbal Montoro pone el ojo, pone la bala. En los Presupuestos que ayer presentó al Congreso puso el ojo en los números y disparó sin mirar a los lados. Tenía que repartir pobreza, y la repartió. Tenía que apretar la presión fiscal, y no cedió un milímetro. Tenía que administrar recursos escasos y se dedicó a podar por casi todas partes. Y así salió lo que salió: las pensiones solo subirán el 0,25 % anunciado, aunque todavía no está aprobada la reforma. Los funcionarios sufren otra congelación cuando ya estaban congelados. Y en Cataluña había que reducir las inversiones del Estado y se redujeron drásticamente, sin importar lo que dice el Estatuto de Autonomía ni el conflicto político abierto por los nacionalistas. Cristóbal Montoro, definitivamente, es una apisonadora. Rajoy puede marcharse tranquilo a Kazajistán y adonde quiera, que su administrador no gastará un euro de más, caiga quien caiga y lo que caiga.
Pero claro: una cosa es el rigor y la frialdad técnica y otra la necesidad política, y no digamos la sensibilidad social. Si el Gobierno opta por la frialdad numérica, que no se sorprenda si después se encuentra con una fuerte reacción de protesta. No todo el mundo tiene por qué tener los mismos sentimientos ni obligaciones que el señor Montoro y en las cuentas de este año hay abundantes motivos para provocar la indignación de algunos sectores y la desconfianza inicial de la mayoría.
Motivo número uno: los Presupuestos tienen mucho de lotería. La previsión de ingresos es voluntarista y se basa en una especie de mano bondadosa que hará crecer al país y aumentar la recaudación sin que aumente el consumo, sin que haya crédito, sin aumento apreciable del empleo y sin tocar los impuestos ni para bien ni para mal. Como falle algo -por ejemplo, la prima de riesgo a consecuencia de Italia-, se desmonta todo el tinglado.
Motivo número dos: son números de gran pasividad social basada en la filosofía conservadora que dice que la mejor política social es la que crea empleo, sin otros matices. Pero no encontramos ningún aliento para los sectores que están sufriendo la crisis con mayor dureza. Hemos citado a los pensionistas, pero se puede hablar también de todos los desprotegidos, entre los que están quienes pierdan el subsidio de desempleo a lo largo del año.
Y motivo número tres: crean o agravan conflictos. No se debe invertir más en Cataluña por el hecho de que griten que España les roba. Pero sí creo que, si una norma tan importante como el Estatuto de Autonomía dice que el Estado debe invertir lo equivalente a su aportación al PIB nacional, una de dos: o se deroga el Estatuto, o se cumple. Todo lo que no sea eso es incendiar el polvorín.