A comienzos de los años veinte del siglo pasado, el novelista norteamericano John dos Passos, hispanista acreditado, escribió: «Desde la famosa entrada de Fernando e Isabel en Granada, tan cacareada, la historia de España ha sido un continuo esfuerzo por encajar un taco cuadrado en un agujero redondo». El escritor añadía con singular extrañeza y desconfianza: «Parece que no existe solución posible al problema de una nación en la cual el poder centralizado y el separatismo trabajan solo para aniquilarse uno a otro». ¿Quién diría que, desde entonces, han pasado cien años, una salvaje guerra civil, dos brutales guerras mundiales, una larga dictadura y 36 años de democracia?
En su libro Rocinante vuelve al camino (1922), Dos Passos intentó hallar una explicación a nuestra peculiar historia y a nuestro impar destino. Para ello se fijó en nuestra realidad geográfica y extrajo la singular conclusión de que, en España, «una hora de tren basta para transportarle a uno desde la nieve de Siberia hasta el desierto africano». De lo cual dedujo que, ante tanta variedad geográfica, «la unidad de población difícilmente pueda esperarse». Otra explicación la halló el escritor americano en «el fuerte sentido del valor individual, que hace de España el país más democrático de Europa, sanciona la constante improvisación y explica el porqué de la confiada falta de plan, tan común en la arquitectura como en el pensamiento político español».
¡Ah, los hispanistas! Siempre he desconfiado de su amor a España por la gran pasión que manifiestan por nuestros episodios bélicos, sobre todo por los fratricidas. Sin embargo, tengo que reconocer que la mirada de John dos Passos siempre me pareció plena de admiración y muy deseosa de hallar una explicación para nuestros dramas. Ahora, releyéndolo, casi me asusta la lucidez de sus análisis. Porque, habiendo reducido las distancias físicas con autovías, aviones y trenes de alta velocidad, aún no hemos logrado superar la pugna centralismo-separatismo que parece reavivarse sin causa. Sé que es difícil, pero me gustaría que alguien con la lucidez de John dos Passos nos echase un vistazo para saber qué explica hoy nuestra aparente vocación de retroceso histórico.