Seamos valientes y hagamos una limpieza a fondo. Sin contemplaciones. En esta operación de aseo y maquillaje que hemos puesto en marcha para acabar con todo lo que no nos sirve, deberíamos de ir bastante más allá. Y decidirnos por prescindir también de aquello cuyas decisiones nos resultan molestas y, por tanto, no aceptamos.
Por ejemplo, podemos prescindir perfectamente del Tribunal Superior de Xustiza, del Consello de Contas, del Consejo de Estado, del CGPJ, de los órganos de jueces y fiscales, del Constitucional, de infinidad de fiscales y de más jueces. Podemos prescindir porque no nos tienen utilidad alguna. Cuando sentencian sobre el decreto de plurilingüismo, sobre los despilfarros públicos; cuando se cuestionan la cadena perpetua revisable y la constitucionalidad de determinadas decisiones, acostumbramos a mirar hacia otro lado, y seguimos a lo nuestro.
Los Estados democráticos, nuestros vecinos de al lado, se dotan de una serie de mecanismos de control y asesoramiento para asegurarse el buen ejercicio. Y eso resulta intocable. Pero aquí, que nuestros señoritos saben más que nadie, ¿para qué queremos tanta parafernalia? Para el caso que les hacemos, podemos ahorrarnos una pasta.