Lecciones del batacazo de Madrid 2020


Como somos un país muy poco fiable, que lloramos porque no nos dan los juegos y asistimos impasibles a la demolición del Estado de bienestar construido durante los últimos cuarenta años, quizás el batacazo de Madrid 2020 sirva para aprender algunas lecciones que nos permitan comprendernos un poco mejor:

1) Un proyecto muy flojo. Ahora ya se puede decir sin riesgo de ser quemado en la hoguera de la Inquisición. La candidatura de Madrid 2020 carecía de la más mínima pátina de frescura, y estaba hecha para consumo doméstico, sin visión global. Ni la propuesta ni la forma de contarla tenían ninguna posibilidad de impresionar a un grupo de dirigentes deportivos que ya lo han visto todo. Estambul presentaba dos propuestas muy atractivas: a nivel urbanístico, abrir el Bósforo a los ciudadanos, y a nivel geopolítico llevar un bocado de modernidad a la región más retrógrada del planeta. Tokio ofrecía unos juegos de ciencia ficción respaldados por una gran solidez financiera. Madrid llevaba un proyecto que ya ha contado tres veces, y que huele a alcanfor. Un ejemplo: el baloncesto se habría jugado en una plaza de toros.

2) Una idea fuerza no creíble. La gran baza de Madrid era que el 80 % de las obras están hechas. Se pretendió vender como un logro lo que no deja de ser un escándalo. En los últimos veinte años, las Administraciones públicas se han gastado en el Madrid olímpico casi 7.000 millones de euros, en algunos casos para obras faraónicas que permanecen cerradas a la espera de unos juegos que no llegan, y que en cada intento fallido se están quedando más antiguas.

3) Una clase política obsoleta. La presentación de Buenos Aires nos ha vuelto a poner frente al espejo. A lo largo de las décadas, nuestros sistemas educativos no se han preocupado de dos cosas fundamentales para salir a competir en el mundo del siglo XXI: saber hablar en público, esencial para recibir un título universitario en cualquier centro estadounidense o británico, y saber hacerlo en inglés con un nivel mínimo que no provoque sonrojo. En España aún se puede ser alcalde de Madrid, presidente del Gobierno o registrador de la propiedad con esas dos taras.

4) Una política a base de parches. Madrid 2020 se enfrentaba, era sabido, a dos grandes obstáculos: la situación económica y el problema del dopaje. En ambos casos, la delegación española se presentó en Buenos Aires con el modus operandi habitual de la política española: con la lengua fuera, pretendiendo hacer ver a los miembros del COI que todo estaba resuelto, aunque fuera en el último minuto de la prórroga. El asunto del dopaje se intentó soslayar en la presentación y solo se abordó a preguntas del tribunal, esgrimiendo como gran solución una ley que entró en vigor hace dos meses. El COI tampoco debió quedar muy convencido con la explicación de Rajoy, que anunció el inicio de la recuperación, y se basó en indicios tan poco consistentes como que en agosto hubo 31 parados menos.

5) Una delegación mal preparada. La presentación de Madrid 2020 se quedó en la superficie, fue un cúmulo de lugares comunes e ideas vacuas. Y cuando se presentó la oportunidad, quedó demostrado que no se habían hecho los deberes. Ocurrió en uno de los momentos claves, cuando un miembro del COI preguntó por qué se habían destruido las bolsas de sangre de la operación Puerto. El presidente del Comité Olímpico Español, Alejandro Blanco, dio una respuesta vaga. Y, pese a que estaba claro que era uno de los temas del examen, no supo replicar con una respuesta que se encuentra en Google en un minuto: las bolsas no han sido destruidas; el juez lo ordenó en la sentencia, pero un recurso de la fiscalía ha paralizado la ejecución de la misma.

6) Nula capacidad de autocrítica. La culpa siempre es del empedrado. O de un griego que se equivocó con la tecla, o de un príncipe de Mónaco impertinente, o de una tormenta bonaerense... Un proyecto como el de Madrid 2020, que debía sacar lo mejor de un país, deja al descubierto nuestros principales pecados: la incapacidad absoluta para hacer autocrítica, el menosprecio sistemático y patriotero de los rivales, y la afición a vender anticipadamente la piel del oso y gastarnos el dinero. Todo ello, claro, conveniente relatado por una clase periodística, mayoritariamente perteneciente a medios públicos, que a estas horas todavía no se explica qué es lo que ha podido pasar.

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