Madrid 2020, una oportunidad perdida


C omo por desgracia últimamente todo en nuestras vidas es economía, la mayoría de los análisis y las tertulias previas a una eventual elección de Madrid como sede de los juegos del 2020 giran en torno a tres preguntas: cuánto costará el juguete, cuál será su efecto en la economía y cómo influirá en el reparto territorial de los fondos públicos, en unos años en los que necesitamos salir de la crisis como sea.

Y, aunque muchos estudios desmitifican los efectos económicos de un gran evento de estas características, no hace falta ser Paul Krugman para intuir que la proclamación de Madrid 2020 generará un incremento del gasto público en la capital, que aumentará aún más el nivel de endeudamiento de las diferentes Administraciones, arrastrará una importante inyección de inversión privada y permitirá crear algunos miles de empleos.

A este último clavo ardiendo se agarran lógicamente todos los corifeos de ese chiringuito que desde hace más de diez años se ha venido llamando primero Madrid 2012, 2016 después y ahora 2020.

Y es curioso, porque quienes con ese argumento ondean la bandera keynesiana son los mismos que en los últimos tres años han abrazado la ortodoxia fiscal germana y nos están asfixiando con la soga de la austeridad. Será que el fulgor de la llama olímpica eclipsa a los apóstoles del rigor contable.

Pero, disquisiciones macroeconómicas al margen, ya se puede decir que, pase lo que pase, Madrid 2020 será una gran oportunidad perdida para mimar un poco esa marca España de la que tanto se habla últimamente, generalmente para mal. Porque la principal marca de España en el exterior debería de ser el talento y el ingenio de sus gentes, la tolerancia y el gusto por el buen vivir, y sobre todo la diversidad. De todo tipo: climática, paisajística, cultural, gastronómica. No hay otro país en Europa más variopinto y, puesto que hemos demolido nuestra industria y nuestras opciones de diversificarnos hacia nuevas actividades económicas, y parece que nos resignamos a quedar convertidos en un gran parque de atracciones, pues se podría haber aprovechado este gran escaparate olímpico para enseñarle al mundo nuestra parte menos conocida y más valiosa.

Pero solo hay que echarle un ojo a la candidatura para comprobar que no será así. El mapa de Madrid 2020 se ha hecho con la visión habitual de una España hemipléjica, en la que todo lo que queda fuera del ángulo que dibuja Madrid con la costa mediterránea es terreno yermo. Y por tanto se ha decidido que algunas pruebas se celebrarán en Zaragoza, Barcelona, Valencia, Málaga y Córdoba, y el resto en Madrid. De modo que los regatistas gallegos navegarán en aguas del Mediterráneo, los piragüistas remarán en una charca artificial de Getafe y los triatletas nadarán en un lodazal de la Casa de Campo. Lo dicho, una oportunidad perdida para evitar que España se siga mirando siempre el mismo ombligo.

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