S iempre tuve miedo a que, en un país donde es secreto casi todo -los sumarios, la agenda del rey, las finanzas de los partidos, la vida sentimental de Isabel Pantoja y las relaciones entre la Iglesia y el Estado-, alguien tuviese la ocurrencia de declarar secreta a España misma, para que los dieciocho Gobiernos que hay por aquí puedan hablar de nosotros -los contribuyentes- sin luz ni taquígrafos, y sin nada de cuanto puede caracterizar una política de mínimos democráticos.
Y eso, meter a España en la clandestinidad, es lo que acaban de hacer Rajoy y Mas -Dios los crea y ellos se juntan-, que el día 29 de agosto se reunieron en secreto en Madrid para decirse tonterías a la cara. Tal ocurrencia, que yo tengo por gravísimo insulto, nos da a entender que, en vez de preocuparles el guirigay en el que nos están metiendo, solo les preocupa la ocultación estratégica de sus megalomanías y sus micromanías, o que el destino común que hemos labrado en siglos de historia quede reducido a una sigilosa conversación de las dos únicas personas que hay en España -donde vivimos 47 millones- que no tienen ni puñetera idea de lo que están tratando.
San Agustín ya dejó dicho que el que entra por la ventana y no por la puerta es un ladrón. Y yo lo complemento, porque nunca me ando por las ramas, exigiendo que se despenalice el delito de espionaje de estilo catalán -el que se hace en restaurante de lujo y con micrófonos en el florero-, por considerar, cuando son el único camino para saber qué está pasando, que el guichar y husmear son derechos democráticos fundamentales.
A lo que aspira Mas -el megalómano- es a tener una estatua ecuestre en la plaza de Cataluña con la leyenda Magnus, Dei gratia dux, status Cataloniae creator. Y a lo que aspira Rajoy es a tratar el problema catalán con la misma claridad y audacia con la que gestiona el caso Bárcenas, a ver si con el paso del tiempo se olvida todo y podemos ver en paz el Barça-Madrid. Y por eso ambos genios coinciden en el secretismo y la carallada, sin que nadie se atreva a decirle a Mas -en público, y con altavoces que se hagan oír desde el Ártico al Mediterráneo y desde los Urales al Candán- que Cataluña nunca va a ser nada distinto de lo que es, y que lo mejor que puede hacer es dejarse de tonterías y gestionar bien la crisis.
Claro que, en este país gobernado por magistrados y fiscales, que tanto opinan de trenes como de sanidad, aún hay gente que espera que un juez instructor de Coria o de Tarazona impute a los dos mandatarios por inducción al espionaje, por jugar a Gengis Khan en horas de oficina y por recibir a insultadores profesionales en residencia oficial. Pero yo no espero nada de esta vía, porque, aunque es evidente que la imputación puede producirse en cualquier momento y lugar, el sumario sería secreto y eterno. Es el destino.