¡Nunca más la guerra! ¡Nunca más la guerra!, gritó a los cuatro vientos el papa Francisco durante el rezo del ángelus el pasado domingo. «El uso de la violencia nunca trae la paz. ¡La guerra llama a la guerra, la violencia llama a la violencia!», exclamó a viva voz. Y sorprendía a propios y extraños convocando para mañana, víspera de la natividad de María, reina de la paz, una jornada de oración por la paz en Siria, en Oriente Medio y en el mundo entero, invitando a unirse a esta iniciativa, de la manera que consideren más oportuno, a los cristianos no católicos, a los que pertenecen a otras religiones y a cualquier persona que sintonice con esta causa. Será en la plaza de San Pedro, de las 19 a las 24 horas.
Es muy probable que, al igual que sucedió con Jesús de Nazaret, los grandes dirigentes del mundo no lo escuchen, e incluso se rían de él. Allá ellos. Es curioso que la guerra haya unido a republicanos y demócratas en Estados Unidos, o que también haya seducido al socialista francés? El juicio de Dios y el de la historia caerán sobre ellos, de eso no me cabe la menor duda. Como tampoco la tengo de lo que voy a hacer este sábado entre las 19 y las 24 horas. Porque no quiero ser cómplice de esta barbarie con mi indiferencia, con mi comodidad.