E fectivamente, querido Roberto Blanco Valdés, ya está bien. Me sumo al coro nacional que ayer proponías. Ya está bien de manipulaciones, falsedades y hasta de componentes racistas para asentar el independentismo catalán. Pero hay algo que agrava el diagnóstico: el silencio, que al final se vuelve cómplice, de quienes tienen la responsabilidad de garantizar la unidad del Estado. El partido nacionalista que gobierna la comunidad catalana pregona en un cartel que la España subsidiada vive a costa de la Cataluña productiva. El otro partido que sostiene al Gobierno del señor Mas hizo célebre una frase demoledora de solo tres palabras: «España nos roba». Ambas falsedades han sido aceptadas como verdades por una parte considerable de la sociedad. ¿Alguien percibió alguna respuesta, alguna réplica (aunque fuese publicitaria) por parte de algún responsable del Estado español?
No. Nadie responde. Dicen que Rajoy calla porque es su forma -¿galaica?- de gobernar. Argumentan que no se debe entrar a ese trapo de las provocación nacionalista para no avivar el incendio. Y así, lo que ocurre es como un partido de fútbol donde juega un solo equipo. Los nacionalistas hacen las arengas que les da la gana a sabiendas de que no tienen adversario. Y la propaganda independentista va calando en la sociedad como mensaje único de partido único que dice la única verdad. El resultado es que para mucha gente, más de la que pensamos, declararse español en Cataluña empieza a ser un hecho heroico.
Quienes hacen los carteles de la Cataluña productiva que financia a la España ociosa tienen muy claro su objetivo: construir una nación; su nación. Cuando se trata de alcanzar tan alto objetivo, todos los recursos son válidos, desde la manipulación de la historia a la denuncia de tratamiento colonial. Y lo están haciendo con una eficacia pasmosa. Alicia Sánchez Camacho (PP) me confesó que un joven que no sea independentista es un marginado. Ahora han logrado identificar derecho a decidir con democracia, con lo cual se convierte en un derecho irrenunciable. Todo, ante la pasividad central.
¿Conoce alguien alguna estrategia inteligente para contrarrestarlo? Lo único que se responde es que se respetará la ley. ¡Pero si la ley española es justamente la que se quiere borrar, señores míos! Miren: la amarga verdad, la doliente verdad, es que en un país desencantado, sin ambiciones colectivas ni quien las encarne, los soberanistas catalanes sí tienen un ideal: la independencia. Es quizá lo único capaz de movilizar alguna ilusión o de convertirse en proyecto común. La ilusión española está dejando de existir en Cataluña. Y nadie mueve un dedo por hacerla resucitar. Eso es bastante peor que un cartel.