N unca tuve la menor duda de que François Hollande iba a ser un fiasco político. Y no la tuve porque, en un momento en el que los grandes países consensuaban una dura política contra la crisis, el ahora presidente de Francia se embarcó en el discurso de los indignados, prometiendo crecimiento y derechos imposibles a diestro y siniestro, y dando a entender que la izquierda europea venía a levantar una muralla ética frente a la derecha financiera de Merkel, Rajoy y Cameron.
Claro que Rubalcaba se había adelantado a Hollande en ese discurso estrafalario e irreal que, a cambio de halagar a las masas, quemaba su imagen de político serio y hombre de Estado. Pero Rubalcaba era el perdedor de las recientes elecciones, y tenía enfrente a un Gobierno con mayoría absoluta, y por eso se puede entender -aunque no compartir- que optase por una maniobra tan electoralista como equivocada, cuya necesaria rectificación lo trae por la calle de la amargura. Pero Hollande iba a ganar, y ganó. Y por eso es responsable de haberle mentido a Francia y a Europa entera, de racanear su adhesión a las políticas que finalmente tuvo que aplicar, y de dificultar sobremanera el funcionamiento afinado de la UE.
Lo que nunca imaginé fue que, además de un fracaso político y económico, Hollande iba a ser un fiasco moral, y que, mientras las lecciones de Irak y Afganistán iban a llevar a los halcones de la derecha a plantarle cara al belicismo americano, el Gobierno francés se iba a alinear con los que bombardean a distancia, con los que adoptan las decisiones bélicas al margen del Parlamento, y con los que, en vez de exigir la legitimidad de la ONU o de cualquier órgano internacional reconocido -la OTAN o la propia UE, por ejemplo- apuestan por una política internacional estilo wéstern. Y eso es tanto como decir que la gran representación de la izquierda europea es, además de demagógica e ineficiente, belicista e inmoral, y con el cuajo suficiente para despreciar a la Asamblea Nacional francesa y rebasar a Cameron por la derecha.
Pero, lejos de creer que tanta desfachatez resulta inexplicable, he llegado a la conclusión de que ambos fiascos están relacionados, y que, tras haber fracasado en su política, el izquierdista Hollande quiere salir del rincón de la historia, como Aznar, echando plumas de halcón, y reclamando para Francia una nueva grandeur. Es la grandeur de la izquierda, claro, que nunca fue tan inepta e inmoral como esta que dirige Hollande I el Indignado, que, en ausencia de Berlusconi, representa la vergüenza europea. Por eso se me viene a la memoria la popular canción «Malborough s?en va-t-en guerre» que antes cantábamos en el colegio: «Hollande se fue a la guerra/ que dolor que dolor, que pena,/ Hollande se fue a la guerra,/ no sé cuándo vendrá,/ ah ah ah, ah ah ah,/ no sé cuándo vendrá».