Recomiendo al Partido Socialista que no haga mucha oposición sobre el anuncio de bajada de impuestos que hizo Rajoy. Si la niega, como está haciendo, puede encontrarse sin argumentos cuando esté aprobada. Y si la critica, puede tropezar con una sociedad que está reclamando que se afloje la asfixiante presión fiscal. Lo primero que debe hacer el PSOE es denunciar al Gobierno por retrasar un año la rebaja del IRPF. Lo segundo, denunciar una política fiscal que ha detraído de los mercados unos 6.000 millones de euros anuales, en detrimento de la capacidad adquisitiva del ciudadano y del consumo. Y lo tercero, preocuparse por sus posibilidades próximas de regreso al poder, si el presidente cumple su promesa.
Y la va a cumplir, se lo aseguro. No hay más que escuchar los aplausos de Soutomaior. Rajoy está diseñando una política que responde a un guion de libro: dureza y mano dura al principio, que siempre le puede echar la culpa de todos los males a quien le precedió («yo no quería, pero me obliga el desastre heredado»); venta de esperanzas a medio camino, que le permite presumir de gestión («ahí están los frutos de las reformas»), y llegada al paraíso, donde todo estará tan bien que será posible alegrar los decaídos bolsillos. Atención, Rubalcaba: el presidente va a utilizar todos los recursos de su poder para seguir en la Moncloa. Entre ellos, el uso de los impuestos y el manejo del calendario. Mensaje oculto: la subida que hizo «contra su voluntad» ha sido culpa de los socialistas; la redención vía bajada es pura gestión del PP.
Cuestión distinta y discutible es la ética de esta forma de plantear la batalla electoral. Es decir, si es justo y honrado ahogar las economías privadas durante tres años para aparecer como libertador al final de la legislatura. Yo creo que no. Creo que la política fiscal tiene que ser resultado de las necesidades de las arcas públicas en cada momento. Creo que el momento de bajar impuestos es ahora, cuando asoman señales positivas y el Gobierno tiene la obligación de animar la economía dejando más dinero para inversión y consumo. Y creo que la confianza social en los gobernantes sería mayor si en cada uno de sus pasos no se detectara la egoísta intención de mantener o conquistar el poder.
Pero así es la política, señores. Y, pensando en las urnas, es como la guerra: todas las armas son válidas. Al final, cuando toca votar, nadie se vuelve tan pulcro como para ponerse a preguntar por estas variantes éticas. Sencillamente se aplica el refrán: a caballo regalado no le mires el diente. O aquel dicho de pueblo: el que más chufle, capador. Y el que más y mejor está chuflando se llama Rajoy. Aprobará, por tanto, las oposiciones a capador.