Los españoles se han ganado el derecho a la esperanza, dijo ayer Mariano Rajoy. Nunca tuvo más razón el presidente. Después de varios años de descenso continuado del nivel de vida de millones de ciudadanos, que ha dejado a muchos de ellos con el agua al cuello o un poco más arriba, la afirmación de Rajoy es digna de Perogrullo, pero anima.
Ahora hace falta que ese derecho se reconozca de manera efectiva. Es cierto que algunos indicadores económicos empiezan a arrojar tímidos resultados positivos. Es cierto que el paro registrado descendió de forma apreciable en los últimos meses y se anuncia que esa tónica continuará en los datos del mes de agosto. Es cierto que la prima de riesgo está lejos de los niveles de infarto del verano del 2012.
Pero también lo es que esa mejoría atisbada en algunos despachos está lejos aún de notarse al nivel de la calle. Y que el paro registrado baja porque hay gente que encuentra trabajo, aunque sea temporal, pero también porque otros emigran o pierden la esperanza y renuncian a figurar en las listas de demandantes. Y que el nivel de endeudamiento público y privado es aún altísimo y el pago de intereses deja las arcas exhaustas. Los españoles se han ganado el derecho a la esperanza. Para recuperarla hace falta que las castigadas economías familiares puedan respirar. Y, sobre todo, que los gobernantes no se distraigan en la tarea de evitar que el peso de la crisis caiga solo sobre una parte de los ciudadanos, que siga aumentando la fractura social, y en desinfectar las alcantarillas de su propia casa, caiga quien caiga, en vez de vendarse los ojos para no ver lo que no interesa.