Es imposible no pensar en un escenario. En una postal artificial en la que no faltan las cascadas, el río, las praderas, los ciervos, las montañas, las marmotas... Parece artificial, pero artificial en el sentido en el que lo es una obra de Miguel Ángel. Pero es el Yosemite. Y ahora está amenazado por las llamas. No deja de ser una terrible ironía. En este parque estadounidense hace muchos años que comenzaron a imponer estrictas medidas de prevención de incendios forestales. Intentaban proteger, entre otros tesoros, sus secuoyas de Mariposa Grove. Pero, a pesar del esfuerzo, estos árboles gigantes, que pueden medir lo que un Boeing, no repuntaban. Eran otras especies las que iban colonizando su terreno. Con el tiempo, descubrieron que las secuoyas necesitan el fuego para reproducirse al abrigo de su calor, alimentándose de la ceniza, naciendo de la muerte. Supieron que el rayo descarriado de una tormenta suponía el comienzo de una siembra. Fue entonces cuando comenzaron los fuegos controlados. No como el que ahora se asoma con hambre a este paraíso verde después de haber dado un negro mordisco a un buen trozo del territorio del norte de California. En la amenaza es cuando parece que cobra dimensión la belleza. Como ante la tragedia gana valor la vida. Porque puede perderse. Sucede también estos días en Galicia. Aquí no hay secuoyas. Tampoco se han registrado tormentas estivales en los últimos días. Pero también hay mucho que perder. Pequeños paraísos que parecen artificiales. ¿Cuánto tiempo tendrá que pasar para que la serra da Groba luzca como cuando pasaron por allí los ciclistas de la Vuelta, solo hace unos días?