Al presidente del Gobierno le espera un duro retorno de las vacaciones. Quizás por eso, y para aliviar el síndrome posvacacional, se está preparando una extensa gira internacional. Él, alérgico a cruzar las fronteras, ahora parece un trotamundos. Pero, a la vista de lo que le aguarda a partir de hoy en Madrid, se comprende que quiera salir pitando para viajar de Ribadumia al cielo. Porque no es ya que Bárcenas se la esté cocinando a fuego lento o que tenga que pasar la aspiradora en el PP esquivando algún que otro navajeo. Es que también se la puede clavar por la espalda su otrora gran amigo Álvarez-Cascos.
El caso Bárcenas es un gran dominó en el que unas piezas van derribando a las otras. Y la siguiente puede ser quien fuera aparejador de aquel edificio, el PP, que tuvo en Aznar a su gran arquitecto. Pero los cimientos sobre los que levantaron el gran palacio en aquellos tiempos de abundancia muestran ahora sus grietas. Rajoy abrió en su día la puerta a Álvarez-Cascos y ahora este, ya fuera y con todo el resentimiento acumulado, puede convertirse aún en una pesadilla mayor que Bárcenas si es imputado. Porque, si cae esta pieza, ¿cuál será la siguiente?