Dachau

Xosé Ameixeiras
Xosé Ameixeiras ARA SOLIS

OPINIÓN

23 ago 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

A Angela Merkel le cayó un chaparrón de críticas en pleno agosto, y no por la represión financiera a la que se ven sometidos los sureuropeos ahogados por la crisis. A la canciller alemana la pusieron de vuelta y media por su visita al campo de concentración nazi de Dachau, el modelo que inspiró la lista de infiernos creados por Hitler. Es la primera mandataria germana que se acerca al lugar, pero los reproches se deben a que, a continuación, asistió a un acto electoral.

Aunque sea discutible el momento, es un gesto que honra a la dama de hierro teutona, que ya podría estar preparando un nuevo rescate a Grecia. Nadie debería olvidar jamás que los campos nazis, y otros semejantes, como los gulags soviéticos, constituyeron una aberración de la humanidad que necesitó muchos silencios cómplices. En estos espacios aterradores no regían leyes ni derechos, solo la venganza y el odio. Lugares para la represión y la aniquilación, donde el arbitrio convertía a seres humanos en esclavos sometidos al tormento, al sufrimiento gratuito y a la administración del crimen. En Mauthausen, donde también fueron aniquilados muchos gallegos, aún hoy parece que la muerte flota en el ambiente. Las aves parecen llevar plomo en sus alas y el silencio suena a terror, a los gritos de dolor de los miles y miles de seres humanos que tuvieron un fin atroz y calculado. Es un pueblo que la historia ya condenó a la tristeza perpetua. Merkel tuvo un gesto más apreciado por los que sufrieron directa o indirectamente la tragedia del exterminio. Una llamada de atención a los que provocan los derramamientos de sangre que abren cada mañana las portadas de los diarios.