Genocidio en Siria


De confirmarse que fue un ataque químico del Ejército sirio el que causó la muerte ayer a más de 1.300 personas cerca de Damasco, Occidente no puede seguir tapándose los ojos ante esa cruenta guerra civil. Tampoco debe hacerlo aunque así no fuera. Las víctimas, sean por gas o por plomo, ya sobrepasan las 100.000 desde marzo del 2011, según la ONU. Las imágenes de la matanza de ayer eran especialmente espeluznantes, con decenas de inocentes niños sin vida y con espuma caída hacia sus mejillas. Futuros truncados. Como los de aquellos otros que, aún conservando la vida, la expresión de sus húmedas miradas rompe el corazón.

Mientras, la comunidad internacional (Europa, Estados Unidos y algún país «satélite» como Corea del Sur) se deshace en gestos tibios hacia el régimen de Al Asad. Anoche, el Consejo de Seguridad de la ONU debatía una vez más sobre Siria, pero la unanimidad entre los miembros es prácticamente imposible.

El programa químico sirio comenzó en los años setenta con la ayuda del Egipto de Anuar el Sadat, curiosamente nobel de la paz, y más tarde de la Unión Soviética. Ahora Rusia ejerce de portavoz de Al Asad y asegura que el gas venoso lo lanzaron los opositores con un cohete casero.

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