Mientras una riada de peregrinos aparca sus mochilas en el Obradoiro, diez mil turistas diarios protagonizan en Ribadeo una peregrinación alternativa, la de la playa de As Catedrais, que empieza a convertirse en un problema.
También allí se pierden de vista las mochilas, pero bajo los arbotantes graníticos del arenal no hay Apóstol ni Santo dos Croques, salvo que alguien pruebe suerte -y, créanme, no es recomendable- con los espigados municipales que desde el fin de semana orientan a los feligreses para que se sobrepongan al abismo infernal.
El abismo infernal, en este caso, son acantilados de 15 metros que tientan al peregrino en su acceso al templo playero. Hay que avanzar por un sendero de dos metros de anchura, atiborrado de turistas, que bordea un precipicio por el que cualquier día se despeña un alma descarriada. Y así lo han advertido el alcalde y sus vigilantes de la playa, que claman por un parque natural al que la Xunta da largas.
Si sucede lo peor empezaremos a preguntarnos cómo pudo pasar, y ahí va la primera pista: el alcalde es del BNG, el conselleiro, del PP... Y claro, ya es difícil obrar milagros en una catedral pagana.