Aveces, muchas más de las admisibles, los poderes públicos muestran tal inoperancia que acaban siendo problema en vez de solución. Ya decía Honorato de Balzac que la burocracia «es una máquina gigantesca manejada por pigmeos».
El 28 de diciembre del 2002, día de los Inocentes, aparecía muerto en su casucha Manfred Gnädinger, Man, el Alemán de Camelle, que en 1961 llegó a este pueblo de la Costa da Morte y se abandonó a su radical concepción del naturismo, el arte y la libertad, haciéndose de este modo, y sin proponérselo, enemigo de una parte del pueblo y de la sociedad. Man siempre fue un perseguido. De niño, sus maestros nazis lo acosaban psicológicamente hasta hacer que tartamudease. En Camelle, sus extravagancias fueron castigadas con zurras físicas en la oscuridad de la noche e intentaron echarlo con denuncias de hechos jamás demostrados. Sabía que tenía menos voz que «una hormiga debajo de una rueda».
Camelle podría tener hoy sus Cubos de la memoria o su Bosque de Oma, como los de Ignacio Ibarrola, pero las autoridades locales, autonómicas y centrales los echaron a perder. Hubo grandes acuerdos en Parlamentos y consistorio, pero el legado de Man sigue destruyéndose víctima de la desidia generalizada. Acaban de inventarse un nuevo instrumento administrativo. Los anteriores fallaron. Y eso que su museo tiene más visitantes que el Centro Galego de Arte Contemporánea de Santiago. El Alemán dejó 120.000 euros para que el Estado cuidase su legado. Hacienda ingresó en sus insaciables arcas el dinero, pero Man sigue sufriendo un incomprensible castigo por su rebeldía silenciosa.