Si consultan el diccionario, sabrán que «resiliencia» es un vocablo polisémico que posee numerosos significados. Todos parten del latín, esa asignatura necesaria que algunos políticos innecesarios se encargaron de h en la escuela. Como la literatura, filosofía, religión o historia universal: ahora, correctísimos, pensamos que la historia más relevante es la del mito local y que la religión (católica) es el opio del pueblo; y no la ignorancia, incultura, desidia o pereza. Pero no es esta mi diatriba de hoy. Hoy, Rajoy: en pareado sonoro. Don Mariano se trata con la horrible palabra «resiliencia», o sea -disculpen los físicos la mengua semántica-, propiedad que otorga a los cuerpos más fortaleza después de un impacto. Ahí lo tienen, al gallego Rajoy, del que yo he presumido (por gallego, precisamente) resistiendo contra aquellos que veían y ven en él al Leviatán. Rajoy no se levanta nunca, porque nunca se cae. Se mantiene ejerciendo el tancredismo, que perfiló Pío Baroja en La Busca: perenne, hierático, enhiesto. Las navajadas de «conmilitones» lo han hecho más fuerte. Y las de algún periodista capitalino, también quien escribió «España a horas del rescate», lo blindan. Remato optimista: hace un año, cuando aquel dijo que nos rescataban ya, el riesgo país se situaba en 600 puntos; hoy amanecimos en 281. Resiliencia (y paciencia), Rajoy.