No hay conversación más recurrente que la del tiempo que hace. Nos preocupamos demasiado del tiempo que hace y poco del tiempo que pasa, que es el que de verdad importa. Sucede en todos los países, pero los gallegos tenemos fama de pasarnos la vida mirando al cielo. Ahora en realidad mirando al móvil para saber si va a hacer sol o a nublarse. Hay auténticos expertos en la materia, tantos como seleccionadores nacionales de fútbol y tertulianos. Y más todavía desde que el móvil ayuda a que los veredictos se acerquen más a la verdad. Pero, con el tiempo sucede como con la vida, nunca estamos satisfechos del todo. Siempre hay un punto de disgusto o de insatisfacción. No hay término medio. Si llueve, es un desastre. Si hace sol, es que no se puede con semejante calor. En la ola de calor de julio, los mismos que pedían sol por favor estaban hartos de esa Galicia sahariana. Nunca nos ponemos de acuerdo con nosotros mismos. Y el motivo es que siempre es mejor echarle la culpa a las circunstancias, el clima, los demás, que analizar por qué no aprovechamos de verdad el único tiempo que importa, el del reloj, llueva o haga sol.