Permítanme explicarme: en realidad, nadie que tenga aprecio a su buen nombre querría ser como Lendoiro. Pero ello no impide suponer que sí quisieran gozar de sus increíbles privilegios muchas de la personas a las que se aplica la ley sin miramientos mientras ven, escandalizadas, que Lendoiro puede pasársela por el arco del triunfo.
Pensemos en los gerentes empresariales que han de abandonar sus puestos directivos para pagar por una gestión de efectos desastrosos. Lendoiro lleva un cuarto de siglo al frente de un equipo que considera de su exclusiva propiedad, período tras el cual ha acabado por hundirlo en las dos esferas más relevantes para un club: la económica, pues el Dépor, en concurso de acreedores, debe una cantidad de dinero escandalosa; y la deportiva, pues se ha salvado de milagro de bajar ¡a Segunda B! como castigo por los incumplimientos flagrantes de su grupo directivo. Lendoiro, sin embargo, sigue vivito y coleando y no asume ninguna responsabilidad, ni por la debacle económica ni por la deportiva.
No son solo, en todo caso, los gerentes empresariales que han tenido que irse a su casa los que querrían gozar de la patente de corso de Lendoiro, sino también tantos pequeños deudores de las antiguas Cajas y de hacienda, que, ahogados por su mala cabeza o mala suerte, para sí quisieran el trato exquisito que recibe del fisco y las entidades financieras quien les debe, junto a otros acreedores menores, la cifra de infarto de 156 millones de euros (26.000 millones de las antiguas pesetas).
Ahora bien, si uno tiene la chamba de ser Lendoiro, los principales acreedores le ofrecen un pacto que incluye una quita del 33 % sobre la deuda, lo que, de consolidarse, permitirá al presidente del club eludir la pieza de calificación en la que se dirimirían sus responsabilidades en la gestión del Deportivo. Pero, ¡ay!, si el deudor es un particular que debe cuatro perras, el procedimiento de Hacienda o de las Cajas es la quita? pero para quitárselo de en medio, exigiendo que pague a tocateja y, si no, que se atenga a las consecuencias.
Por eso, el problema de la permanencia de Lendoiro al frente del Dépor ha dejado de ser ya una cuestión particular de un club de futbol para convertirse en una prueba de fuego sobre la forma en que una sociedad es capaz de exigir que todo el mundo respete, del mismo modo, el imperio de la ley. Una ley que solo lo es cuando se aplica a todos por igual y que deja de serlo cuando un señor puede mentir sobre lo que debe, hundir una sociedad y seguir el frente de la misma, no pagar miles de millones y cobrar cuatro veces más que el presidente del Gobierno, y salirse de rositas del fiasco que ha creado mientras los ciudadanos de a pie han de abonar, sin contemplaciones, todo lo que deben al fisco o a las entidades financieras.