Vuelvo donde solía. Regreso al Norte, de donde me parece que nunca he salido, al norte de Galicia, a la más alta de las rías altas, donde la mar levanta catedrales, monumentos de piedra y roca por Os Castelos.
Arribo a Viveiro, a mi origen y mi destino, retorno al Norte en esta tregua que decretó el espejismo del verano. Voy y vengo en ese vaivén itinerante del no parar agosteño.
No escribo que llueve porque no es cierto, y constato que este año también el tiempo, ese sol que modifica el paisaje y lo transforma en una fiesta visual, se vino a residir temporalmente con nosotros.
Y el ejercicio básico de todos los veranos viene impreso en las primeras páginas de los diarios, de este periódico que tras el ingente esfuerzo informativo realizado para contar la tragedia de Angrois, continúa abriendo la información cotidiana con los flecos de una investigación no cerrada que amplifica desde la sede parlamentaria causas y causantes sin concluir un dictamen que no puede ser distinto al del azar, al de la muerte emboscada en una curva. Y concluyo pensando que Dios no estuvo atento aquella tarde al paso del convoy.
Y desde este norte que es asimismo el sur de Europa, el diario mira más abajo, al sur de la Península, donde este agosto ha emergido el viejo ardor guerrero que circunda la mole pétrea de Gibraltar, exhumando un patriotismo olvidado mientras Cataluña insiste en ir desgranado las notas de Els segadors, de su himno patrio, mientas pinta en las paredes de sus embajadas un elemental Cataluña is not Spain, como si alguien se lo preguntara.
Y nadie silencia a los portavoces del FMI, a los señores de negro, los patéticos black men, a los que les hace coro el comisario Renh, con el estribillo reduccionista de exigir una bajada de sueldo a los asalariados españoles, para cuadrar el círculo argumentando que de esta manera «se crea más empleo y se incrementa el consumo». Cosa veredes. Mientas tanto el Real Madrid y ese equipo catalán que es más que un club realizan exóticas giras mundiales vendiendo la marca España en Norteamérica y Asia, mal que les pese a los catalanes.
Es agosto, aunque ya nunca será como antaño. Solo responde el sol fijando su disco de oro acorde a la estación que disfrutamos. En los restaurantes se anuncia el menú del día a precios de los primeros años del siglo, el marisco vuelve a ser una aspiración de la clase media, nunca como hasta ahora estuvieron tan frecuentados los paseos marítimos, se ensalza el senderismo y se revaloriza lo rural, alabanza, ¡qué remedio! de aldea.
Pero por encima de todo es agosto y vuelvo al Norte buscando todos los ecos de mi memoria, reencontrándome con mi pueblo y con mi mar, desandando recuerdos, coleccionando historias y reescribiendo un tiempo que me ha tocado vivir. En el norte de la estrella, apacible y serena, de los vientos.