A más de uno se le atragantaron las aceitunas en las terrazas sorprendidos por la llamada del FMI a que los españoles pacten una rebaja del 10 % en sus salarios. Una vuelta más de tuerca para ya unas de por sí exiguas nóminas comparadas con las del entorno europeo. El tema, junto con el eterno y recurrente conflicto de Gibraltar, es motivo de tertulias playeras y declaraciones altisonantes de líderes políticos, sociales y económicos, que lejos de asustar a Bruselas, llevaron al responsable de Asuntos Económicos de la Comisión Europea, Olli Rehn, a subirse al carro de Christine Lagarde para propinar una nueva zurra en las castigadas espaldas del currito hispano.
Y mientras Olli Rehn alienta las tesis que abogan por echar mano al bolsillo de los españoles, los dirigentes de los clubes de Primera División mantienen la burbuja futbolística y su deuda fabulosa, inmersos en irregularidades contables, concursos de acreedores e incluso supuestos amaños de partidos. Una muestra fue el peligro de naufragio definitivo al que iba dirigido el Dépor.
Al tiempo que unos hablan de la necesidad de un rescate futbolístico para salir del fango de los 4.000 millones de euros de deuda, Florentino Pérez prepara una indecente bolsa de 100 millones para arrancarle al testarudo de Daniel Levy el traspaso de Bale. Mientras el papa mosquea a la ortodoxia vaticana denunciando la psicología de príncipes que presidía muchos comportamientos de la curia y la globalización de la indiferencia hacia la pobreza, los magnates de los clubes de fútbol siguen con su dinámica inflacionista para darle más circo a los que cada vez tienen menos pan.